APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
Luego del ataque de Estados Unidos a Venezuela para capturar a su dictador, no se trata de elegir entre Nicolás Maduro o Donald Trump. Plantearlo así es un falso dilema, cómodo para la propaganda y peligroso para el mundo.
La discusión de fondo no es quién es el villano más despreciable, sino qué tipo de orden internacional se inaugura cuando las potencias deciden que el derecho es prescindible y la fuerza vuelve a ser la regla.
Parece, más bien, ser el regreso abierto de la ley del más fuerte como norma internacional. Quien reduce el debate a “dictador bueno o dictador malo” renuncia, voluntariamente, a pensar.
Maduro es un dictador. No hay discusión ahí. Su régimen ha destruido instituciones, libertades y futuro. Pero convertir su eventual captura o derrocamiento en un acto heroico automático es algo distinto: es confundir justicia con fuerza. Y cuando eso ocurre, el derecho deja de ser un límite y se vuelve un estorbo.
Lo que está ocurriendo en el concierto internacional es esto: Putin hace lo que quiere con Ucrania. Trump hace lo que quiere con Venezuela. Falta ver qué decide China con Taiwán. No es una comparación caprichosa ni una provocación retórica: es el mapa del mundo que se está configurando, uno donde las potencias actúan sin reglas claras, sin consensos multilaterales y, sobre todo, sin consecuencias reales.
Y eso es lo verdaderamente peligroso de este episodio. No Maduro. Es el precedente.
Basta observar la selectividad con la que se aplica la justicia internacional. El propio presidente de Estados Unidos ha sido acusado y condenado por diversos delitos, y aun así nunca ha sido detenido ni parece que vaya a serlo. Lo mismo ocurre con el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, señalado por una corte internacional por crímenes de lesa humanidad, sin que nadie haya entrado a Israel para capturarlo. La ley existe, pero solo se ejecuta contra los débiles.
Mientras tanto, Trump anunciaba la supuesta detención de Maduro y, casi en el mismo aliento, lanzaba amenazas contra México: “Algo habrá que hacer con México”. Como si se tratara de un fiscal universal, con potestad para decidir quién gobierna, quién cae y quién será el siguiente objetivo. No es justicia. Es poder sin contrapesos.
El abogado José Mario lo explicó con crudeza en X: el derecho internacional no existe para premiar a los buenos ni castigar a los malos. Existe para frenar a los más fuertes. Por eso limita casi por completo el uso de la fuerza. No por ingenuidad moral, sino por memoria histórica. Porque el mundo ya vivió lo que pasa cuando cada potencia se arroga el derecho de “liberar” países según su propio criterio.
Hoy la excusa es derrocar a un dictador. Mañana puede ser corregir una elección incómoda, proteger intereses económicos, castigar un alineamiento político o “restaurar el orden”. La soberanía deja de ser un principio y pasa a ser un obstáculo molesto.
Celebrar que una potencia capture o remueva a un gobernante extranjero sin un marco jurídico sólido no es valentía democrática; es aplaudir al imperio porque, esta vez, golpeó a alguien antipático -y que nunca nadie defendería-. Es olvidar que la misma lógica puede usarse mañana contra cualquier país débil, cualquier gobierno incómodo o cualquier sociedad que no encaje en el tablero geopolítico del momento.
Tucídides lo escribió hace más de dos mil años, pero hoy vuelve a ser brutalmente vigente: los poderosos hacen lo que quieren, los débiles hacen lo que pueden. El problema es que estamos empezando a normalizar esa frase como si fuera una ley natural y no una advertencia histórica.
No estamos ante el triunfo de la justicia ni ante una victoria de la democracia. Estamos frente a la confirmación de que el derecho internacional se adelgaza, mientras la fuerza militar —como ocurrió con los imperios del pasado— vuelve a engordar. Y cuando ese equilibrio se rompe, no ganan los pueblos ni las libertades. Gana la “ley” y la “justicia” del más fuerte.
Y eso quedó claro en las propias palabras de Trump. Si el único interés de Estados Unidos fuera capturar a un criminal, la historia habría terminado ahí. Pero no fue así. Casi de inmediato habló de gobernar Venezuela por un tiempo, dejando al descubierto que no se trata de justicia, sino de control. No de legalidad, sino de poder.
Cuando el mundo aplaude al más fuerte por hacer lo que quiere, lo único seguro es que el siguiente golpe nunca será consultado.



















