El Mencho no vendía droga: vendía violencia y estado

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Sobre Nemesio Oseguera ‘El Mencho’ nadie duda que ejerció la violencia hasta el último minuto de su vida y siguió organizándola ya muerto. Paralizó al país.

Hay una idea incómoda que pocos en el gobierno y sociedad quieren mirar de frente:
Nemesio Oseguera Cervantes no construyó el imperio criminal más expansivo de los últimos 15 años vendiendo metanfetaminas. Lo construyó vendiendo algo mucho más rentable que la droga: violencia.

Y este no es un análisis propio, es una tesis de Jorge Ramírez, profesor investigador de Sociología de la Universidad de Guadalajara.

De acuerdo a la teoría de Ramírez, el ‘Mencho’ no vendía cualquier violencia. Comerciaba con ‘Violencia organizada’. ‘Violencia profesionalizada’. ‘Violencia con marca registrada’.
La droga era el flujo de efectivo operativo. La violencia era el modelo de negocio y poder.
Y es que reducir al CJNG al tráfico de metanfetamina es simplificar un fenómeno que, en realidad, fue una sofisticada operación para sustituir al Estado.

Porque lo que hizo el CJNG no fue solo disputar plazas: disputó el monopolio de la violencia. Que en teoría y en una realidad constitucional, eso le pertenece al Estado.
Pero ‘El Mencho’ se apoderó del Estado y en eso fue brutalmente eficiente.

La guerra contra el narcotráfico iniciada en el sexenio de Felipe Calderón disparó el precio de la violencia organizada. El país se fragmentó, los territorios se volvieron zonas en disputa y la seguridad dejó de ser garantía pública para convertirse en vacío. Y este vacío aumentó de manera alarmante en todo el sexenio de López Obrador. Reinó la ausencia del Estado en los territorios dominados por criminales.

El líder del CJNG entendió perfecto que donde el Estado se debilitó, alguien tenía que llenar el hueco, y fue él. El Mencho lo entendió antes que muchos gobernadores, antes que muchos generales y antes que muchos analistas.

Ex policía municipal en Michoacán, conocía el sistema desde dentro. Sabía cómo se infiltra, cómo se presiona, cómo se negocia. No improvisó: optimizó. Y luego profesionalizó la violencia.

No solo atacaba rivales. También ejecutaba ladrones, extorsionadores y agresores sexuales en territorios bajo su control. No por justicia, sino por control. Era administrador del miedo.
El mensaje era claro: “Si el Estado no puede protegerte, yo sí. Pero bajo mis reglas.” Y es así como pudimos ver inumerables veces, cómo sus subalternos, llenaban comunidades afectadas por desastres, repartiendo depensas o informando qué sí y que no estaba permitido hacer. Y cómo olvidar las escenas donde decenas de camionetas llegaban con regalos de Navidad o Día de Reyes.

Esa es la parte más perturbadora: cuando un grupo criminal se convierte en proveedor de orden y beneficios.

Ahí se borra la línea. Ahí entendemos que el problema nunca fue solo el narcotráfico.
Fue la privatización de la violencia.

El CJNG no creció solo por crueldad. Creció porque encontró demanda. Porque había comunidades cansadas de extorsiones dispersas y gobiernos incapaces de garantizar seguridad. Porque el miedo es un mercado rentable cuando el Estado es débil.
La violencia dejó de ser herramienta para convertirse en producto. Un producto que se vendía a políticos, a empresarios, a territorios enteros.

Y la pregunta incómoda es: ¿Quién permitió que ese mercado existiera?
No fue solo un hombre. Fue un sistema de omisiones, corrupción y cálculo político. Fue una estrategia federal que fragmentó el mapa criminal sin fortalecer instituciones locales. Fue una clase política que toleró mientras no estallara.

Hoy, tras su muerte, muchos en los gobiernos de la 4T celebran el símbolo abatido. Pero el modelo de negocio no desapare tan fácil. Pero si de algo sirvió el ataque contundente del Ejército en Tapalpa, Jalisco, es que, por presión o no de Estados Unidos, el gobierno de Claudia Sheinbaum, entendió que su retórica de no hacer guerra contra los criminales no funciona y que no hay otra salida, aunque eso les haga tragar sus críticas contra Calderón Hinojosa.

Porque mientras el Estado no recupere de verdad el monopolio legítimo de la fuerza —no solo en el discurso, sino en las calles— siempre habrá alguien dispuesto a vender lo que más escasea en México: orden.

Y eso es lo verdaderamente alarmante. El Mencho no vendía droga. Vendía Estado. Y hubo quienes estuvieron dispuestos a comprarlo, por miedo o por negocio.

Cayó ‘El Mencho’…