APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
En las guerras siempre hay muertos. Pero no en todas las guerras deciden matar la verdad, como el estado sionista de Israel que convirtió a los periodistas en objetivo militar e implementó un exterminio informativo.
Lo que ocurre en Gaza no es solo una ofensiva militar. Es también una operación para borrar testigos. Para que nadie cuente, nadie documente, nadie incomode. Porque cuando la verdad estorba, lo más eficaz es eliminar a quien la narra.
Desde octubre de 2023, el Estado de Israel ha acumulado una cifra brutal: 257 periodistas muertos en un mismo conflicto. No hay precedente moderno que se le acerque. No en guerras mundiales, no en conflictos prolongados, no en escenarios donde el fuego cruzado suele ser la excusa perfecta.
Aquí no hay margen para la ingenuidad, no es casualidad, es sistemático. Cuando los periodistas comenzaron a caer uno tras otro en Gaza, dejó de ser un accidente. Se conviertió en patrón. Y el patrón se sostiene, convertido en una estrategia del estado sionista.
El periodista no dispara, no lanza misiles, no ocupa territorios. El periodista observa. Registra. Expone. Y eso, para Israel, es más peligroso que cualquier arma.
En Gaza, además, el cerco es doble: no solo caen quienes informan, también se bloquea el acceso a la prensa internacional. Es decir, se elimina al testigo local y se impide la llegada del testigo externo. Resultado: un territorio donde la realidad queda encapsulada, filtrada o, en el peor de los casos, completamente borrada.
Eso no es daño colateral. Es control del relato. Y los judíos son expertos en eso.
Porque en toda guerra hay dos frentes: el militar y el informativo. Y quien domina el segundo, termina justificando el primero.
Lo más incómodo no es solo la dimensión de lo que ocurre, sino la reacción —o la falta de ella— del resto del mundo. Organismos internacionales, gobiernos, defensores de derechos humanos… muchos han optado por declaraciones tibias, condenas a medias o silencios estratégicos.
Y en este tipo de escenarios, el silencio no es neutral. El silencio toma partido.
Cada periodista asesinado sin consecuencias envía un mensaje claro: se puede. Se puede eliminar al mensajero. Se puede reducir la cobertura. Se puede imponer una versión parcial de los hechos.
Y cuando eso se normaliza, el periodismo deja de ser un contrapeso y se convierte en una actividad suicida. Lo que está en juego no es solo Gaza. Es el precedente.
Si hoy se permite que informar cueste la vida sin que haya consecuencias reales, mañana cualquier gobierno, cualquier ejército, cualquier poder podrá replicar la fórmula: primero desacreditar, luego intimidar, finalmente eliminar.
Así se construyen las zonas de silencio. Así se fabrican las verdades oficiales. Y así, poco a poco, la realidad deja de pertenecer a los hechos y pasa a manos de quien tiene la fuerza para imponerla. Cuando matas a la prensa, no solo callas una voz. Le abres la puerta a la impunidad absoluta.


















