El ‘Conejo Malo’, la NFL, el negocio y los hispanos

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

El medio tiempo del Super Bowl nunca es solo música. Es narrativa, poder y mercado. Y cuando la NFL eligió a Bad Bunny —en plena confrontación pública con Donald Trump— sabía perfectamente que no estaba contratando únicamente a un show man: estaba activando una conversación nacional y expandiendo su negocio a Hispanoamérica.

El show del puertorriqueño tenía todos los ingredientes para la polémica. Un cantante de habla hispana en el evento televisivo más visto de Estados Unidos. Un artista que días antes, en los Grammy, lanzó un abierto “¡Fuera ICE!” en protesta por las redadas migratorias. Un protagonista que ha respaldado a figuras demócratas y que incluso evitó llevar su gira a Estados Unidos por temor a operativos migratorios en sus conciertos. Era cuestión de tiempo para que los bandos ideológicos se pronunciaran. Y así ocurrió.

Trump no tardó en reaccionar. Calificó el espectáculo como “repugnante” y “uno de los peores de la historia”, cuestionó que se realizara íntegramente en español y lo presentó como una afrenta a la “grandeza” estadounidense. Desde su entorno, figuras como Kristi Noem y Corey Lewandowski atacaron a la NFL por contratar a alguien que, según ellos, “odia a Estados Unidos”. El medio tiempo se convirtió en campo de batalla cultural.

Sobre el escenario, Bad Bunny hizo exactamente lo que se esperaba de él: cantar horrible y reivindicar a la comunidad hispanoparlante, amplió el concepto de “God Bless America” para incluir a todo el continente, cerró con mensajes de unidad y proyectó frases como “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Sumó apariciones de artistas y actores críticos de Trump y convirtió el espectáculo en una declaración simbólica.

Pero más allá del ángulo político y del mensaje de inclusión, también hay que analizar la materia prima del espectáculo. Musicalmente, el show no ofreció una innovación sustancial respecto a otras presentaciones anteriores.

La puesta en escena, aunque vistosa, siguió fórmulas ya probadas. Y en términos estrictamente artísticos, la discusión sobre la calidad musical del reguetón y del propio Bad Bunny —uno de los artistas más escuchados del mundo, pero también uno de los más cuestionados por la vulgaridad y pobreza lírica de su propuesta— volvió a abrirse. La polarización no solo fue política; también fue cultural.

Sin embargo, reducir el episodio a una confrontación ideológica sería ingenuo. La NFL no tomó esta decisión por romanticismo cultural ni por militancia política. La tomó por estrategia comercial.

La liga lleva años buscando expandir su alcance internacional y, particularmente, consolidar su penetración en el mercado latino. Más de 70 millones de hispanos viven en Estados Unidos. Desde 2019, la NFL se asoció con Roc Nation de Jay-Z para vincular el espectáculo de medio tiempo con “causas sociales” y cultura global.

En 2020 comenzó y apostó por Jennifer Lopez y Shakira. Este año fue por el artista más escuchado del planeta en Spotify en 2025, ganador del Grammy a Álbum del Año y con un alcance masivo en Hispanoamérica.

A los dueños del deporte más representativo de Estados Unidos, no les importaron las críticas de su presidente, ni brindar un espectáculo musical ridículamente pobre, lo relevante era generar empatía con un nicho de negocio hasta ahora no explotado.

Y la estrategia comercial funcionó para la NFL. Según reportes iniciales de NBC, cadena oficial de transmisión y estimaciones cruzadas en medios confiables como CBS News, el show alcanzó 135.4 millones de espectadores, con algunas fuentes preliminares mencionando hasta 142.3 millones al incluir streaming y audiencias out-of-home. Estas cifras son reales y verificadas al 9 de febrero de 2026 por múltiples fuentes independientes, incluyendo NBC, Apple Music, patrocinador oficial, y reportes de Nielsen pendientes de confirmación final.

La NFL juega a largo plazo. Esta temporada organizó partidos en São Paulo, Dublín, Londres, Berlín y Madrid, y planea sumar Australia en 2026. El comisionado Roger Goodell ha reiterado su intención de convertir a cada equipo en una marca global. Bad Bunny no fue una provocación improvisada: fue un anzuelo calculado para el mercado hispanohablante y para la audiencia internacional.

En contraste con lo ocurrido hace casi una década, cuando la liga reaccionó con cautela ante las críticas de Trump por las protestas durante el himno nacional, ahora mantuvo firme su decisión. El negocio pesa más que la presión política.

El medio tiempo del Super Bowl 2026 no será recordado solo por sus coreografías ni por su setlist, ni el virtuosismo del artista. Será recordado como el momento en que el espectáculo deportivo más poderoso de Estados Unidos se convirtió, otra vez, en un espejo de la fractura cultural del país que se dice invencible.

Bad Bunny encendió el escenario más por sus consignas que por su talento. Trump encendió las redes como es constumbre y la NFL contó los millones en dinero y audiencia. Al final, más que música, lo que se escuchó fue el ruido de una industria que entiende que la identidad también vende.