Dislates
Por: Salvador SILVA PADILLA
I
Jean-Claude Carrière fue un escritor de primera línea: autor de novelas y ensayos y guionista de películas como Bella de Día y La Vía Láctea, dirigidas por Luis Buñuel. Mi primera lectura fue Nadie acabará con los libros en coautoría con Umberto Eco.
Como buen guionista, supo elegir el título: «El círculo de los mentirosos». Cuentos filosóficos del mundo entero.
Según narra el propio Carrière, le llevó treinta años recopilar y seleccionar más de tres mil historias de todo el mundo: de la India, China, Japón, así como de la tradición judía y árabe. Hay también de África, Estados Unidos e incluso algunas -dos o tres- de México.
Al respecto, Carriére afirma que «la fuerza básica de una historia es transportarnos mediante unas cuantas palabras a otro mundo, un mundo donde imaginamos las cosas en lugar de padecerlas, en el que dominamos el espacio y el tiempo, ponemos en movimiento a personajes imposibles, poblamos otros planetas, introducimos criaturas bajo las hierbas de los estanques y entre las raíces de los robles, penden salchichas de los árboles, y los ríos remontan su cauce, y pájaros parlanchines se llevan a los niños, e inquietos difuntos regresan en silencio para reparar el olvido; un mundo sin limites y sin reglas, donde organizamos a nuestro placer los encuentros, los combates, las pasiones, las sorpresas”.
“El narrador -observa- es ante todo alguien que procede del exterior, que congrega en la plaza de un pueblo a aquellos que no saldrán jamás de él, que les hace ver otras montañas, otras lunas, otros miedos, otros rostros. Es el propagador de las metamorfosis, centra la atención porque aporta otra cosa, es otro ojo y otra voz.»
Y sin embargo, como se verá a continuación, las historias -de una u otra manera- reflejan a cabalidad la filosofía y manera de pensar de los países y comunidades que les dan origen.
II
El reparto de Dios
En cierto lugar de la India, dos campesinos discutían. Las manzanas de un árbol que pertenecía al primero habían caído en la tierra que era propiedad del segundo viejo: los dos hombres pretendían que las manzanas eran suyas.
Pasó un brahmán, que tenía la reputación de ser un hombre santo. Los dos hombres le pidieron que dirimiera su disputa.
El hombre santo les preguntó:
—¿Preferís un reparto según el juicio de los hombres según el juicio de Dios?
Los dos campesinos respondieron al unísono:
—Según el juicio de Dios.
Seguro que no discutiréis la decisión?
—Seguro.
Entonces el brahmán recogió las manzanas.
Colocó un montón en un lado, y en el otro, una sola manzana. Tras lo cual le dio el montón a uno de los campesinos y la manzana al otro, sin ni siquiera mirar quién era quién.
Y se fue sin pronunciar palabra.
La falta de confianza
Ese otro mundo, que a veces se desliza como por inadvertencia en éste, no es siempre convincente, como demuestra esta historia judía contemporánea.
«Un judío ha hecho fortuna. Decide, por primera vez en su vida, pagarse unas vacaciones en la nieve e incluso practicar el esquí.
Inexperimentado, torpe, se sale de la pista y cae en un barranco. Por un milagro se agarra en el último momento a un débil arbusto que crece entre las rocas. Debajo de él, el vacío y la muerte. Sus manos se aferran al arbusto, pero nota que pronto va a caer. Las raíces del arbusto empiezan a romperse.
El judío, angustiadísimo, levanta la mirada al cielo y grita
: —¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien ahí?
—Aquí estoy, hijo mío —le responde una voz solemne—. No temas y suelta el arbusto. Mis ángeles te cogerán y te dejarán suavemente en el suelo.
El judío piensa un momento antes de gritar:
—¿Hay alguien más?»
«El cielo del gorrión
Ésta es una historia turca.
Había un gorrión minúsculo que, cuando retumbaba el trueno de la tormenta, se tumbaba en el suelo y levantaba sus patitas hacia el cielo.
—¿Por qué haces eso? —le preguntó un zorro.
—¡Para proteger a la tierra, que contiene muchos seres vivos! —contestó el gorrión—. Si, por desgracia, el cielo cayese de repente, ¿te das cuenta de lo que ocurriría? Por eso levanto mis patas para sostenerlo.
—¿Con tus enclenques patitas quieres sostener el inmenso cielo? —preguntó el zorro.
—Aquí abajo cada uno tiene su cielo —dijo el gorrión—. Vete, idiota, tú no lo puedes entender.»
Dos sastres
Dos pequeños sastres judíos, en un barrio pobre de Londres, trabajaban el uno frente al otro desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Cortaban y cosían incansables, hablando de vez en cuando de distintas cosas.
Uno le dijo al otro: —¿Irás de vacaciones este año?
—No —contestó el segundo tras un momento de reflexión.
Regresaron a su silencio. Más tarde, el segundo sastre dijo de repente:
—Fui de vacaciones en mil novecientos sesenta y cuatro.
—¿Fuiste de vacaciones en mil novecientos sesenta y cuatro? —preguntó el primero, muy sorprendido.
—Sí. Entonces el primer sastre, que no recordaba ninguna ausencia de su compañero, le dijo:
—¿Y adónde fuiste?
—A la India.
—¿A la India?
—Sí. Fui a cazar el tigre de Bengala.
—¿Fuiste a cazar el tigre a Bengala? ¿Tú?
Los dos hombres habían dejado de trabajar y se miraban. El segundo sastre, que parecía muy tranquilo, retomó la palabra para contar lo siguiente:
—Partí al alba sobre un magnífico elefante que un gran príncipe me había prestado. Armado con cuatro fusiles de culatas de plata y acompañado por toda una escolta de ojeadores, me aventuré en una montaña solitaria. De repente un tigre enorme se levantó rugiendo frente a mi montura, el tigre más grande que nunca se había visto en aquella región de Bengala. Mi elefante, asustado, se tiró para atrás, me caí en unos matorrales espinosos y el tigre se me echó encima y me devoró.
—¿Te devoró? —preguntó el primer sastre, que había estado escuchando estupefacto.
—Me devoró… por completo, hasta el último pedazo de carne.
—Pero bueno, ¿qué me cuentas? ¡Ningún tigre te devoró! ¡Sigues vivo!
Entonces el segundo sastre retomó el hilo, retomó la aguja y le dijo al primero:
—¿A esto llamas vida?»
IV
Y éstas que son unas tres pequeñas joyas:
Lo que contestó la luciérnaga.
Saadi, el poeta persa, cuenta la siguiente:
Un paseante curioso le preguntó a una luciérnaga:
—¿Por qué razón sólo brillas por la noche?
La luciérnaga, en su particular lenguaje, le dio esta luminosa respuesta:
—Permanezco en el exterior igual de día que de noche pero, cuando el sol está en el cielo, no soy nada.»
La lección del pájaro
Krishnamurti ha contado en La llama de la atención:
Un maestro espiritual tenía varios discípulos, y todas las mañanas les hablaba de la naturaleza de la bondad, de la belleza y del amor.
Una mañana, cuando estaba a punto de empezar a hablar, un pájaro se posó en el alféizar de la ventana y se puso a cantar.
El pájaro cantó un instante y luego desapareció.
El maestro se levantó y dijo:
—La charla de esta mañana ha terminado.
Una voz en la noche
Un breve poema persa nos dice:
«Anoche una voz me murmuró al oído: “Una voz que por la noche te murmura al oído no existe”»
(Continuará)




















