El pez sin el agua
Por: Rubén PÉREZ ANGUIANO*
Se es demócrata o se es autoritario. Tal es la división de nuestro tiempo. Las añejas dicotomías entre izquierda y derecha, tan al gusto de los gobiernos actuales, enmascaran la verdadera división, la importante para el momento.
Existe una izquierda autoritaria que podemos apreciar, en todos sus matices, en regímenes como el de Nicaragua, Cuba y Venezuela (todavía). Aquí la noción de “izquierda” es más una excusa, una retórica para mantener el poder en detrimento de la libertad del pueblo al que esos gobiernos dicen representar.
El caso de Cuba es lamentable. Lo que inició como una gran victoria de jóvenes rebeldes e idealistas quedó convertido en una dictadura con muchas excusas y endebles resultados. Fidel Castro expresó en sus años de pasión revolucionaria: “la historia me absolverá”. Pues bien, la historia parece condenarlo hasta el momento y no creo que eso cambie hacia los siguientes años.
En Nicaragua ocurrió algo parecido: la gesta de los jóvenes revolucionarios se trocó en dictadura, una dictadura familiar (el poder repartido entre los cónyuges) y caprichosa, como si tal fuera el destino de algunas naciones: dictaduras que son abatidas por las armas para instaurarse otra dictadura en su lugar.
En Venezuela, por su parte, cayó el dictador, pero se mantiene incólume la estructura de poder autoritaria, lesiva a los derechos humanos y absurda. Habrá que ver lo que sucede allí en los siguientes meses.
Existe también una derecha autoritaria, como la de Francisco Franco, en España, o Augusto Pinochet, en Chile. En esos modelos se impulsó el progreso económico y la estabilidad, pero a cambio de una dramática pérdida de la libertad, de afrentas a los derechos humanos y de homicidios promovidos desde el poder.
Es posible, también, incorporar aquí al modelo que construye Nayib Bukele, en El Salvador, a pesar de sus éxitos innegables en el combate a la delincuencia organizada y también al margen de su franco pragmatismo que parece escindirse de las ideologías.
En cada nación de nuestro continente y quizás del mundo, la tensión entre la visión democrática y la autoritaria se acrecienta.
A los defensores del modelo democrático podríamos llamarles, también, defensores de la libertad: la de conciencia, la de expresión, la de asociación y la de vida. En el otro extremo aparecen los que justifican la pérdida de la libertad con los más variados pretextos.
Por desgracia, la libertad no es algo que valoren las sociedades hasta que la pierden de forma irremediable. En el camino aparecen algunas prendas que parecen, de momento, más valiosas: el reparto de recursos, la sujeción de los favorecidos por la fortuna o el poder, la igualdad económica (discursiva) y la propia seguridad pública.
Las sociedades se vuelven insensibles frente a la libertad hasta que, al agotarse los otros sueños, resurge como un deseo incontenible.
Para ese momento ya sólo quedan las grandes rebeliones y el sufrimiento general. La historia lo expresa con claridad.
Para quien siga dudando allí está Irán, nación que perdió la libertad a manos de una forma de gobierno asociada al poder religioso, un poder que es por definición intolerante y violento.
Así las cosas, cabe preguntarnos: ¿México puede perder la libertad?
Sí, puede perderla. Lo peor es que de momento pocos la defenderán. Para muchos las prioridades son otras.
*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 57 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.


















