Del caso Lex Ashton a Michoacán: la huella incel en dos episodios de violencia juvenil en México
Por: Guillermo RAMÍREZ ZAVALA *
Los casos de Lex Ashton en el CCH Sur y del adolescente que asesinó a dos maestras en Michoacán no son idénticos, pero comparten un punto de contacto que merece atención seria: la presencia del universo incel como posible marco de sentido en trayectorias de violencia juvenil.
En septiembre de 2025, Lex Ashton, de 19 años, asesinó con arma blanca a un estudiante de 16 años en el CCH Sur e hirió a un trabajador del plantel; reportes posteriores documentaron su vinculación con foros incel y con publicaciones violentas previas al ataque. En marzo de 2026, el caso de Michoacán volvió a colocar el tema en la agenda pública: un adolescente de 15 años mató a dos maestras con un AR-15, después de compartir videos armado y contenido relacionado con esa misma subcultura digital.
La relevancia de esta comparación no radica en equiparar mecánicamente ambos expedientes, sino en advertir un patrón emergente. En ambos casos aparece una subjetividad que no solo expresa malestar, sino que encuentra en internet narrativas capaces de reorganizarlo en clave de agravio, misoginia, resentimiento y legitimación del daño. Los entornos incel son significativos precisamente porque ofrecen una gramática para interpretar la frustración: convierten el rechazo en humillación, la diferencia en amenaza, y al o los otros, particularmente mujeres o figuras de autoridad, en responsables directos del sufrimiento propio. Cuando esta lógica se extrema, la violencia puede comenzar a percibirse como respuesta comprensible, reivindicatoria o incluso merecida.
Desde una lectura criminológica, ello obliga a desplazar la atención del instante del ataque hacia el proceso previo. Tanto en CCH Sur como en Michoacán hubo señales: publicaciones anteriores, imaginarios violentos, formas de aislamiento hostil y una clara dimensión performativa del acto. La violencia no apareció solamente como explosión, sino también como mensaje. En uno y otro caso, el agresor parecía inscribirse en una escena más amplia, donde el daño no solo destruye, sino que comunica, irrumpe y busca dejar marca. Esa dimensión es central para entender por qué estas conductas no pueden analizarse únicamente como impulsividad o descontrol.
México enfrenta así un reto que apenas empieza a nombrar: el cruce entre violencia juvenil, misoginia digital y radicalización en línea. La respuesta no puede agotarse en reforzar filtros de acceso o en judicializar después del daño, aunque ambas medidas puedan ser necesarias. También requiere capacidades institucionales para detectar amenazas tempranas, leer signos de radicalización digital y construir intervenciones preventivas en salud mental, escuela y comunidad. Si algo muestran Lex Ashton y Michoacán, es que la huella incel ya no puede ser tratada como una rareza importada, sino como un problema emergente que demanda análisis, prevención y respuesta pública especializada
* Mtro. Guillermo Ramírez Zavala
Presidente de la Comisión de Honor y Justicia del Colegio Oficial de Psicólogos del Estado de Colima
Especialista en psicología jurídica y desarrollo de política públicas de salud mental

















