Frases de oro // Decir Venezuela para no decir nada: de los plurinominales al fascismo
Por Jorge OROZCO SANMIGUEL
El próximo periodo ordinario de sesiones arrancará con una ley electoral que ha vuelto a encender los ánimos políticos: la revisión de la figura de las y los legisladores plurinominales. Más allá de los titulares alarmistas, conviene recordar qué son y por qué importan.
Las diputaciones y senadurías plurinominales no son un ardid ideológico, sino un mecanismo del sistema proporcional destinado a garantizar representación a fuerzas políticas que obtienen apoyo significativo, aunque no triunfen en distritos individuales. Esta figura corrige la distorsión que crea un sistema mayoritario puro, enriqueciendo la pluralidad del Congreso y permitiendo que diversas voces sociales y políticas tengan asiento en las decisiones públicas.
Sin embargo, como suele ocurrir cuando se discute la arquitectura institucional de la democracia, la derecha no tardó en disparar su repertorio habitual de alarmas: “seremos Venezuela” “ley Maduro” y similares apelaciones al pánico semántico que tienen poco que ver con la forma ni la función de la propuesta legislativa.
Lo llamativo no es solo la falacia de esas analogías; lo verdaderamente revelador es la persistencia con que se recurre a ellas a pesar de NUEVE AÑOS de pronósticos de desastre que jamás se han cumplido. Esto demuestra que la retórica del miedo se ha convertido menos en un argumento y más en una coreografía comunicativa: una forma de activar emociones antes que razonar consecuencias.
Desde la lingüística sabemos que estas estrategias no buscan ilustrar sino condicionar interpretaciones: no se trata de explicar por qué algo es negativo, sino de generar un marco mental previo que incline a rechazarlo sin analizarlo de forma crítica.
No es casual que estas exageraciones lleguen en el contexto de una política global donde el lenguaje del poder se vuelve cada vez más explícito y a veces grotesco. Un caso paradigmático es la reciente controversia internacional generada por los pronunciamientos del presidente de Estados Unidos sobre Groenlandia, el enorme territorio ártico con estatus autónomo bajo la soberanía de Dinamarca.
Según documentos y reportes periodísticos, Trump envió una carta de respuesta al primer ministro de Noruega en la que expone su frustración por no haber recibido el Premio Nobel de la Paz y afirma que ya no se siente “obligado a pensar únicamente en la paz”, justificando así su postura de que EE. UU. debe buscar el control total y completo de Groenlandia alegando razones de “seguridad mundial” y cuestionando incluso los derechos históricos de soberanía que Dinamarca ejerce sobre el territorio.
Además, ha condicionado presión económica, (como amenazas de aranceles) y ha insistido en que solo su país puede garantizar la seguridad mundial, reconfigurando así el lenguaje tradicional de la diplomacia en términos de control territorial.
Aquí es donde la historia comparada y la filosofía política nos ayudan a descifrar lo que está en juego. Comparar personajes contemporáneos con figuras como Hitler o Mussolini exige rigor conceptual: el fascismo, en su formulación clásica, no fue solo autoritarismo, sino un proyecto totalizador de control sobre el cuerpo social, de eliminación de espacios públicos plurales y de violencia estatal legitimada por el mito de una nación homogénea. Sin embargo, lo que sí es innegable, (y lo han señalado expertas y expertos en historia y análisis político) es que existen ecos de autoritarismo en la retórica actual de ciertas figuras contemporáneas, incluidas expresiones que favorecen la homogeneización del espacio político y la delegitimación del otro.
Desde la filosofía del lenguaje, Jacques Derrida y J.L. Austin nos recuerdan que los enunciados no solo describen el mundo, sino que pueden actuar sobre él: una declaración sobre quién “debe” controlar qué territorio o quién está fuera de “lo normal” cumple una función performativa que transforma percepciones y abre espacios para actos de poder concretos.
Si registramos el patrón discursivo, ya sea en arrebatos por soberanía ajena, exigencias hegemónicas o vínculos entre no haber obtenido reconocimiento internacional y justificar medidas expansivas, lo que está en juego no es solo política exterior, sino una lógica de exclusión y dominio que recuerda los mecanismos que precedieron a regímenes autoritarios del siglo XX: la construcción de un enemigo interno y externo, la apelación a una supuesta misión civilizadora y la instrumentalización de la narrativa de seguridad para justificar medidas extraordinarias.
La discusión sobre plurinominales en México merece ser tomada con seriedad y análisis riguroso, no con alarmismos inspirados en relatos de ficción política. Pero ese mismo contexto demanda que no dejemos pasar de largo los discursos de líderes globales que transforman categorías como soberanía, seguridad y paz en instrumentos de poder expansivo.
No se trata de una reductio ad Hitlerum, (una falacia lógica que rebaja el análisis) sino de reconocer patrones de lenguaje y poder que nos ayudan a comprender cómo los regímenes autoritarios, (o los liderazgos autoritarios) operan: erosionando la esfera pública razonada, exaltando la identidad propia a costa de la ajena y construyendo discursos legitimadores de dominio.
En este sentido, la crítica no es sólo descriptiva, sino normativa: cuestionar estos discursos es defender las condiciones mínimas de una política que respete la multifonía democrática y la soberanía de los pueblos en México y en el mundo entero.


















