Carlitos, mazapán, ‘Chantilly’ y nieve

Un poco de nostalgia del Manzanillo que se nos fue
Por: Carlos Alberto PÉREZ AGUILAR

Pasé mi infancia entre paletas y nieves. Tenía la vida que muchos niños deseaban. A la mano, casi como saliendo de las ubres de una vaca que dormía en un congelador, un helado sabor chocolate, paletas de fresa y la inigualable agua de horchata y el arroz con leche que mi madre me preparaba a mí, pero que sigue vendiendo a los demás como desde hace más de cuatro décadas.

Mi vida infantil la viví así, en un negocio, en un jardín, embarrándome la cara de helado de sabores y recorriendo los comercios de toda la cuadra, en el centro de Manzanillo, esa pequeña ciudad donde el oficio lo era todo, donde el deber de cada uno de quienes conocí ha hecho que todos —los que aún viven— sigan ahí, en el mismo lugar, guardando la esencia del puerto y estando “por lo que se pueda ofrecer”.

En medio de eso, yo era totalmente libre, y aprendí mucho. En la farmacia de Don Carlos, a un lado de la paletería, le perdí el miedo a las inyecciones, tuve el gusto por los analgésicos y las primeras ansias por el tabaco.

En la tienda de ropa y souvenirs me quedó claro que sólo hay que comprar cuando se necesita, lo demás son deudas y banalidad que no dejan nada de provecho. La misma ropa la sacaban y la guardaban, y, aun así, decían que era de temporada.

En la estación Radio Mundo, ubicada en la planta alta de la paletería, obtuve el gusto por los micrófonos y por la magia de los medios de comunicación. De niño juraba que para tocar una canción en la radio era necesario que toda la banda fuera a la cabina. Lo que nunca comprendí es cómo cabían ahí. También quise ser locutor, pero nunca me atreví a pedirlo. Tengo vagos recuerdos de haber sido admirador de una locutora que se llama Martiza, de quien, simplemente, algún día, no supe nada más.

En la dulcería La Ola Verde, que sólo era una puerta, que estaba a un lado del cine, empecé a entender de economía. Estoy seguro de que, mientras el precio de los chicles se mantenga, es posible traer algo en la bolsa o en la boca. Ahí comenzó mi devoción por el mazapán y me quedó claro que de ninguna manera puede valer lo mismo un chicle que un mazapán.

En Foto Rabí, un estudio fotográfico del abuelo de mi amigo Álvaro, vencí todos mis miedos al entrar, a escondidas, al cuarto oscuro. El abuelo y el papá de mi amigo nos hicieron creer que dentro había un “monstruo atado”, que tenía los ojos rojos y muy mal aliento; por ello, el resplandor que se veía detrás de las cortinas y el olor que emanaba del “cuarto prohibido”.

Don Rabí nunca me enseñó a tomar fotos ni a revelarlas, pero lo que no saben es que, cuando ellos salían a comer, yo me metía al cuarto oscuro a saludar a ese monstruo, de quien aprendí que de instantes es la vida y que, por ello, es mejor sonreír.

Por muchos años, frente a la paletería se encontraba el Foto Estudio Cárdenas, “la Kodak”, ubicado en la esquina de la calle México y Juárez. Recuerdo la ternura de doña Lola, que nos mostraba los diferentes tipos de cámaras que tenía y toda la colección de cámaras, hasta una con la que grabaron parte de una película que había salido en el cine.

Pero también, ahí mismo, conocí lo quisquilloso, sarcástico e irónico de Don Federico, que siempre nos corría con malas caras, pero de quien admiro, hasta la fecha, que no cerró su establecimiento sin importar la falta de ventas; cerró hasta que no pudo levantarse más, o no lo dejaron. Siempre dijo que su deber era estar ahí, para darle lata a alguien.

En la cocina del Chantilly obtuve el gusto por la comida fuera de casa, particularmente por las tortas de frijolitos con lomo. En mi etapa, recuerdo a sus dueños, la señora Titi y el señor Lázaro, que trabajaban todos los días, siempre amables y atentos, muy bien vestidos, al pie de la caja o mesereando, atendiendo a clientes y todos los pedidos que solíamos llevar y traer los niños cuyos padres trabajaban en el centro.

Del Chantilly, siendo yo un niño, recuerdo que eran muy estrictos con la limpieza; veía, al final de cada jornada, limpiar las campanas y también el vitropiso de los muros. El orden de la cocina era sistemático, el uniforme de su grupo de trabajo no podía faltar; las trabajadoras eran muy comprometidas, leales y duraban años trabajando con ellos.

No sólo era la sazón, ni la mantequilla y las especias extras que usaban en su cocina, que atraían con el aroma al pasar; era también el sabor de un equipo que parecía una familia de aquel restaurante bonito de la esquina, frente a la presidencia, competencia de la invencible doña Trini del Savoy, del Hotel Emperador.

Y justo enfrente, a las afueras de la presidencia municipal, compartiendo espacio con los taquimecanógrafos, que cobran hasta 10 mil pesos por hacer cartas y oficios en máquinas de escribir, conocí a Don Pedro, vendedor de periódicos, quien me dio trabajo a escondidas; fue mi primer patrón y, literalmente, un gran amigo, por su edad. Me pagaba dos chicles y un mazapán por repartir periódicos al salir de la escuela, además de dejarme ojear las historietas de Condorito, Archie o Memín Pinguín, sin que se diera cuenta de que también echaba ojo al Libro Vaquero. Lo recuerdo mucho. Nunca supe cuándo se fue.

El Cine Puerto

¡Qué suerte que no existieran las guarderías! Los sábados y domingos eran siempre de cine; obviamente después de la doctrina, de la fuga a la casa de mi amigo Luis a jugar Nintendo y de otras tareas que, finalmente, ignoraba. No lo entendía, pero ahora sí: la mejor manera en que mi madre podía descansar un poco de mí y de mi hermano, que ya había nacido, era enviándonos al cine. Finalmente, por fortuna para ella, había matiné y permanencia voluntaria. Me harté de las palomitas de caramelo y las lunetas.

Los domingos, la función iniciaba con Marcelino, pan y vino. Creo, sin temor a equivocarme, que la vi más de treinta veces, pero extrañamente no recuerdo mucho de ella. Lo que sí recuerdo es la sala, como las de antes: gigantes, con butacas acolchonadas en las que uno podía dormirse, arropado por la oscuridad y el clima que sólo ahí podía encontrarse. Con la paz que el cine da, porque sólo ahí es posible desprenderse de una vida, ser observador y, por momentos, sentía que me convertía en Dios, tratando de predecir el final de la historia.

Hoy el cine ya no existe; muchos negocios han cerrado o cambiado; hace unos días lo hizo el tradicional restaurante El Chantilly. Todo se ha esfumado, menos el recuerdo que guardo: las carreras de un lado a otro, la libertad de un niño que alguna vez existió en un lugar hermoso, que nunca olvidaré: el centro de Manzanillo.