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Una beca no hace milagros

Mucho gusto
Por: Una beca no hace milagros

Hay una idea que me parece importante poner sobre la mesa: si queremos que nuestros jóvenes terminen una carrera universitaria, no basta con ayudarles a pagar la inscripción. ¡Ojalá la vida fuera tan sencilla! Bastaría con cubrir ese pago, tomarse la foto de rigor y esperar a que, cuatro o cinco años después, el muchacho o la muchacha apareciera con su título bajo el brazo, listo para comerse el mundo. Pero no, la cosa es bastante más complicada.

En Colima, el gobierno que encabeza Indira Vizcaíno Silva, en coordinación con la Universidad de Colima, ha impulsado apoyos económicos para estudiantes. Y hay que reconocerlo: las becas, los uniformes, los útiles escolares y otros apoyos representan un esfuerzo importante para que más niñas, niños y jóvenes tengan la oportunidad de estudiar. No tendría sentido regatear ese esfuerzo, sobre todo cuando sabemos que hay familias para las que cada peso cuenta y que, en ocasiones, llegar al final de la quincena parece una disciplina olímpica.

Sin embargo, una cosa es facilitar el acceso a la educación y otra muy distinta garantizar que alguien pueda concluir sus estudios. Ahí es donde conviene detenernos un momento. Porque he visto anuncios (claro, se acercan tiempos electorales) que dicen, grosso modo: “el gobierno ya pagó tu inscripción, ahora te toca a ti solamente estudiar”. Quienes trabajamos en la educación superior sabemos que detrás de cada estudiante hay una historia que no siempre aparece en las listas de asistencia, en las calificaciones o en los informes administrativos. Hay jóvenes que llegan al salón después de trabajar; otros que deben elegir entre comprar algo para comer o pagar el transporte; algunos atraviesan problemas familiares, separaciones de sus padres, responsabilidades de cuidado de menores en la familia o situaciones económicas que se complican de un día para otro. También están quienes necesitan trabajar para sostenerse, quienes se convierten en apoyo económico de sus hogares y quienes, sencillamente, atraviesan momentos personales que les hacen perder el rumbo. Uno mismo fue estudiante y carecía de muchas cosas, repito, una beca ayuda, pero no lo es todo.

Y entonces, aunque tengan una beca, comienzan a faltar. Después dejan de entregar tareas, se rezagan, reprueban alguna materia y, casi sin darse cuenta, empiezan a alejarse de la universidad. No necesariamente porque hayan dejado de tener ganas de estudiar, sino porque la vida, esa señora tan poco considerada con los calendarios escolares, les puso otros pendientes. O, como les digo yo, se acercan a pasos agigantados a la vida adulta. Por eso me parece que el problema de la deserción escolar no puede reducirse a cuánto cuesta una inscripción. Hay que preguntarnos qué ocurre con el estudiante después de pagarla. ¿Tiene dinero para trasladarse diariamente? ¿Puede alimentarse durante su jornada? ¿Cuenta con una computadora y acceso a internet? ¿Tiene que trabajar ocho horas y después sentarse otras cuatro frente a los libros? ¿Hay alguien que pueda escucharlo cuando las cosas comienzan a complicarse?

Una beca ayuda, sí. Y mucho. Pero no siempre alcanza para resolver todo eso. ¿Qué podríamos hacer, entonces? Tal vez comenzar por complementar los apoyos económicos con una estrategia de acompañamiento estudiantil, algo que tratamos de hacer en la Universidad de Colima con las trayectorias escolares. No se trata únicamente de entregar dinero, sino de detectar a tiempo a quienes están en riesgo de abandonar sus estudios. Tutorías académicas, atención psicológica, orientación para conseguir empleo compatible con los horarios escolares, apoyos alimentarios, fondos de emergencia para quienes atraviesan una crisis familiar podrían marcar una diferencia y hasta ajustar los horarios y las materias, para que puedan atender las sesiones tanto en lo físico, como en lo virtual. Sí, se requiere de mucho trabajo y de modernizar la educación y sus estrategias.

Las universidades, además, podrían fortalecer sus mecanismos de seguimiento para que una ausencia reiterada no sea solamente una raya en la lista, sino una señal de alerta. Y gobierno e instituciones educativas podrían trabajar juntos para conocer mejor las causas del abandono, evaluar qué apoyos funcionan y dirigir los recursos hacia las necesidades reales de los estudiantes. No todos los casos son iguales, por supuesto. Habrá quien decida cambiar de carrera, quien descubra que su vocación está en otro lado y quien simplemente necesite hacer una pausa. Pero también habrá muchos jóvenes que sí quieren continuar y no encuentran cómo hacerlo. A esos habría que buscarlos antes de que se marchen definitivamente.

Porque, al final, el éxito de una política educativa no debería medirse solamente por la cantidad de becas entregadas, sino también por las oportunidades que ayuda a construir y por los estudiantes que logra acompañar hasta la conclusión de sus estudios. Una beca puede abrir la puerta de la universidad. Lo que necesitamos es que, una vez adentro, nuestros jóvenes encuentren las condiciones para permanecer, aprender y graduarse. Y para eso hace falta algo más que un depósito bancario: hace falta escuchar, acompañar y comprender que detrás de cada matrícula hay una persona, una familia y un montón de circunstancias que no caben en un recibo de inscripción.

Porque estudiar ya es bastante difícil como para que, además, haya que hacerlo con el estómago vacío, sin dinero para el camión o con la preocupación de no saber qué pasará mañana. Las becas son una buena noticia. Que nuestros jóvenes puedan terminar sus carreras tendría que ser la noticia completa.

 

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