UNA POCA DE GRACIA
Por: Carlos Alberto Pérez Aguilar
Por mi trabajo, todos los días me duermo pensando en la muerte. No desde el miedo, sino desde la responsabilidad de cuidar la vida de quienes habitan la Casa del Adulto Mayor La Armonía. Cada noche deseo que nadie parta, que todos podamos despertar al día siguiente, volver a saludarnos, compartir una sonrisa y tener una nueva oportunidad de decirnos buenos días.
Detrás de cada despedida hay una familia, una historia y un duelo que transforma para siempre la vida de quienes se quedan. Aunque sabemos que la muerte es parte inevitable de la existencia, nunca deberíamos acostumbrarnos a ella al grado de dejar de sentir. Cada ausencia duele. Cada cama vacía nos recuerda que alguien estuvo aquí, que tuvo sueños, que amó y que dejó una huella.
En La Armonía hemos despedido a hombres y mujeres que formaron parte de nuestra historia. Sus nombres permanecen en nuestra memoria porque, antes de convertirse en recuerdo, fueron personas con una vida entera que merece ser honrada. Este Día de Muertos encenderemos velas en su memoria, convencidos de que hay algo que la muerte no puede llevarse, el amor que sembraron.
Pero hay otro duelo del que poco se habla; el duelo de quienes cuidan. Cuidadoras, enfermeras, enfermeros, personal de cocina, terapeutas, psicólogas, trabajo social y equipo administrativo también viven cada despedida. Son quienes acompañan durante las noches, toman una mano cuando las fuerzas comienzan a faltar, ofrecen agua, acomodan una almohada y, en ocasiones, permanecen junto a nuestros abuelitos en sus últimos instantes.
Detrás de cada jornada hay un ser humano que también siente, que se encariña y que sufre. Muchas veces termina su turno, regresa a casa y guarda en silencio una despedida que le duele. Al día siguiente vuelve, porque hay otras personas que necesitan de sus cuidados.
A ellos quiero decirles que su trabajo trasciende cualquier jornada laboral. Hay personas que acompañan a alguien durante toda su vida y hay otras que tienen el privilegio y la enorme responsabilidad de acompañarlas hasta el último momento. Eso también es una forma inmensa de amor.
Ser director de una institución como esta me ha enseñado que cuidar no significa solamente procurar alimento, techo y atención médica. Significa defender la dignidad, ofrecer compañía y hacer sentir a cada persona que su existencia importa.
También he aprendido que nuestros adultos mayores no son personas que simplemente esperan el final de su camino, ya que son seres humanos que todavía tienen mucho que dar, historias que compartir y lecciones que regalarnos. Son ángeles vivientes que Dios nos permite conocer para recordarnos lo verdaderamente importante.
La vida es apenas un instante. Quizá sea mucho más el tiempo que estaremos del lado de la eternidad que el que tenemos en este presente. Por eso debemos abrazar más, escuchar más y no dejar para mañana ese beso o esa palabra que hoy todavía podemos regalar.
No podemos detener el tiempo ni evitar todas las despedidas, pero sí podemos hacer algo extraordinario: lograr que nadie tenga que recorrer su último camino sintiéndose solo. Ese, para mí, también es el sentido de nuestra misión en La Armonía: cuidar la vida, honrar la dignidad y acompañar hasta el final. Porque quienes se van merecen nuestro recuerdo, pero quienes todavía están aquí merecen todo nuestro amor.
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