El pez sin el agua
Por: Rubén Pérez Anguiano*
- Caminé por una calle olvidada, una calle que estuvo llena de vida, una vida que se fue hace tiempo. Los matrimonios envejecen y mueren, los hijos se van, los nietos crecen tan rápido. Fui recordando a quienes vivieron por allí y ya no están. Caminé por ese barrio que fue mío alguna vez, mientras mis pasos resonaban en los muros de adobe. Un rostro añoso se asomó por una ventana. Mi miró con curiosidad. Pensé que me saludaría, que me reconocería, pero se apartó de la ventana tan rápido, quizás con miedo. Debió pensar que yo era el fantasma.
- Miré al panteón desde lejos. Estaba iluminado por las visitas de esa noche especial. Siluetas caminaban a paso lento, algunas pausadas, otras presurosas. Quizás algunas de tales sombras son de quienes llegan a visitar a los caídos y otras de los propios caídos que se levantan y se dan su tiempo para saludar, pues es de mala educación no recibir a los que llegan.
- Allá, en el otro lado, este día está dedicado a los vivos, no a los difuntos. Se organizan fiestas para celebrar a los que quedan y no para recordar a los ausentes. Incluso se ponen altares y se colocan fotografías: son de quienes aún viven y no pueden ser olvidados. Se celebra a quienes siguen luchando antes del eterno reposo.
- Tengo un santo inocente, un hermanito que murió apenas unos días después de nacer. Recuerdo a mi abuela rogando frente a un crucifijo y yo interrumpiéndola para preguntar lo que hacía. Yo era un niño pequeño, claro. Ella se secó las lágrimas y me tranquilizó, llevándome a otro lugar para distraerme. Recuerdo también el profundo dolor de mi madre y su caminata al cunero para acariciar a su bebé mientras agonizaba. Mi madre acaricia de una forma especial, con un profundo amor. Creo que vivir por unas pocas horas vale la pena si se recibe ese amor tan profundo de mi madre. De seguro mi hermano lo sabe y extraña esa caricia, pero allí estará mi abuela con él, que sabe acariciar igual y lo consolará. También estará por allí mi padre, que podrá platicarle tantas cosas.
- Mi padre murió hace años, pero sé que está bien. Me lo dijo una pariente. Su padre era compañero de cacería del mío. Ambos eran afectos a perderse en los cerros para perseguir venados. Una vez este señor se puso grave y duró unos meses recuperándose. Una mañana, al despertar, le dijo a su hija que esa noche moriría. La hija le preguntó con alarma por esa convicción. El respondió con tranquilidad que la noche anterior soñó con mi padre. En el sueño mi padre traía ropa de cazador y le decía que no tuviera miedo, que allá podrían seguir cazando. Murió esa noche. Por eso sé que mi padre está bien. De seguro puede ir de cacería de vez en cuando. Algún día yo también lo acompañaré por esas veredas.
- Mi hija transmitió por la estación de radio de la universidad. Su mamá hacía lo mismo en los días de feria. Para ella la feria era una oportunidad para conducir, para hablar al aire, para transmitir. Una estimada amiga me dijo: me gusta escuchar a tu hija, me hace recordar mucho a Luz María. Cierto. Quienes se van nunca se van del todo. Queda mucho por aquí. La vida se prolonga no sólo en los genes, también en las pasiones y actitudes. Lo que hicimos alguien lo seguirá haciendo y, si somos afortunados, será hecho por alguien que desciende de nosotros. Así sea.
*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 58 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos. Sus artículos y apuntes son propios y están libres de inteligencia artificial, “superinteligencia” o como sea que se le llame.


















