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EL COLAPSO DEL VALLE DE ARMERÍA

EL COLAPSO DEL VALLE DE ARMERÍA
Por: Noé GUERRA PIMENTEL

Aquí documento y dejo el testimonio de cómo el gobierno mexicano, bajo diversas caras discursivas ha conducido a este territorio hacia una inminente catástrofe medioambiental. El análisis de las últimas cuatro décadas, con énfasis en los últimos años, revela un patrón sistemático del centralismo y simulación que ha favorecido a quienes ostentan el poder en detrimento del entorno ecológico que ya pasa factura: por un lado, la paulatina desecación del afluente y proveedor de agua más importante del territorio colimense y, por otro, la desaparición de su arenal costero, desde la playa El Tecuanillo, en el municipio de Tecomán; hasta la de Cuyutlán, en Armería.

En una breve cronología de la catástrofe, se establece que en 1959: El Ciclón del 27 de octubre crea la playa El Paraíso y alimenta al resto de arenales con el arrastre de sedimentos transvolcánicos. 1971: Se proyecta la Presa El Naranjo (Río Marabasco), hasta hoy inconclusa. En 1983-1988: «Plan Colima» (Miguel de la Madrid). 1986: Inicia la explotación de los pozos de Armería. 2005: El 31 de diciembre venció la concesión del Acueducto Armería-Manzanillo. En el 2018: Alerté: El Río Armería agoniza y el campo pierde el 70% de producción. En el 2024: El 16 de agosto, sin mayor explicación, el presidente Andrés M. López «inauguró» el acueducto cuya concesión había expirado en el 2005.

Desde el 2025 se inició la construcción de la Presa Derivadora Armería en Periquillos, complejo que a junio del 2026 tenía un avance del 43%, lo que para este octubre ya sería de un 80% reteniendo el sedimento transvolcánico que llegarían al mar para consolidar los arenales. Favorablemente para el ecosistema, con los últimos hidrometeoros (Polo, Simon y Trudy) se rellenó el río hasta cubrir parcialmente lo que se venía construyendo del contenedor fluvial mencionado.

Recordemos que el Río Armería es una cuenca que drena 9 mil 500 kilómetros cuadrados con un caudal medio anual de mil 900 millones de metros cúbicos y que hoy vemos reducido a un agónico riachuelo. La historia de su declive comenzó en los 80s, cuando el gobierno federal, amparado en el «Plan Colima», emitió una resolución que determinó la «estratégica dotación de aguas a las ciudades urbanas». Bajo este decreto, de un plumazo presidencial, con la sumisión de las autoridades locales, se sacrificó la economía rural y semiurbana de la zona para abastecer al Puerto.

Se perforaron pozos profundos de 80 metros promedio en Armería; hoy en día, las cifras oficiales confiesan que se extraen más de 8,000 metros cúbicos diarios a través del acueducto. La narrativa oficial ha mantenido bajo engaño a la población mediante dos vertientes críticas. La Mentira Legal y el Impacto en el Suelo. Los suelos armeritenses están áridos, los mantos freáticos mermados y la producción agrícola (coco, plátano, limón) ya no alcanza ni el tercio de lo de hace 30 años. La historia demuestra que la naturaleza otorga y el ser humano arrebata.

El aparato gubernamental ha implementado una política de infraestructura hidráulica agresiva ignorando las leyes de la física costera al intervenir la cuenca alta y media con obras en el Ayuquila (El Corcovado), los distritos de riego (Jala, Peñitas, Madrid, Trigomil, Tacotán), expolio que será coronado con la Presa Derivadora Armería, con lo que será desviada el agua, pero también retenido el sedimento, este desde hace décadas saqueado, no hay que olvidarlo, por vendedores locales de pétreos y arena. Mal menor. Empero la autoridad oculta el efecto colateral: al desviar el agua y bloquear la arena se le da el tiro de gracia a cultivos y arenales.

Las fotografías de los años 70s y 80s no mienten, ahí estaban los balnearios abarrotados; hoy, las imágenes exhiben desolación y escombros en playas inexistentes. El mar golpea la cimentación de las viviendas y las enramadas devoran toda la línea de costa. La historia no olvidará la soberbia de quienes han priorizado el lucro sobre el equilibrio natural.

El caso de la costa colimense es una prueba de que el desarrollo urbano y portuario no debe cimentarse en la destrucción de los recursos. Si los gobiernos siguen disfrazando el despojo hídrico por «infraestructura indispensable» y continúa cortando el flujo natural de sedimentos hacia el Pacífico, el veredicto será implacable: el campo colimense colapsará y la costa borrará lo que alguna vez fueron esos balnearios.

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