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Cuando nos acostumbramos a que no pase nada

Cuando nos acostumbramos a que no pase nada
Por: María Teresa Inglés Ramírez

La alerta llega y nuestra rutina cambia. Miramos el cielo, consultamos el pronóstico y hablamos de lo que podría ocurrir. Se anuncian distintos horarios en los que el huracán podría acercarse. Las horas pasan, en nuestra calle apenas llueve y, entre la incertidumbre y la espera, surgen comentarios humorísticos. Finalmente, el fenómeno modifica su trayectoria y respiramos con alivio.

Pero ¿qué pasa cuando esa escena se repite? Tal vez la siguiente alerta ya no nos encuentra revisando qué necesitamos, sino recordando las ocasiones anteriores: «Siempre dicen que viene fuerte y al final no pasa nada».

Nuestra percepción del riesgo no depende únicamente de los pronósticos. Paul Slovic ha estudiado cómo las emociones influyen en nuestra manera de valorar las amenazas y pueden motivarnos a tomar medidas para evitarlas. Pero ¿qué sucede cuando nuestras experiencias anteriores nos hacen sentir que el peligro es menor? Quizá comenzamos a confiar en que esta vez tampoco pasará nada.

Esa confianza puede relacionarse con el llamado sesgo de normalidad: la tendencia a esperar que las condiciones habituales se mantengan, incluso cuando existen señales de que podrían cambiar. Lo que hemos vivido influye en nuestras expectativas, aunque no siempre nos permita anticipar lo que sucederá.

Además, las noticias nos muestran tormentas, incendios, sismos e inundaciones en distintos lugares. Estar pendientes de tantas amenazas puede resultar agotador. A veces necesitamos tomar distancia o recurrir al humor para aliviar la tensión. Rod Martin ha estudiado cómo el humor puede ayudarnos a afrontar situaciones estresantes. Pero ¿qué ocurre cuando, además de buscar ese alivio, comenzamos a prestar menos atención a las nuevas alertas?

Quizá lo importante no sea cuestionar las bromas que hacemos durante la espera, sino preguntarnos qué hacemos con la tranquilidad que queda después. ¿La convertimos en la certeza de que nunca ocurrirá nada o en una oportunidad para conocer mejor nuestro entorno y prepararnos?

Porque una misma tormenta no se vive igual desde todas las ventanas. Mientras en una calle se comenta que «ni pasó nada», en otra puede haber familias limpiando el agua que entró a sus casas o enfrentando otras afectaciones. ¿Acaso el cambio de trayectoria de un huracán significa que fue innecesario prepararnos con la información disponible en ese momento?

No necesitamos vivir con miedo ni imaginar siempre el peor desenlace. Tal vez baste con una pregunta sencilla, antes de la próxima alerta: si esta vez las cosas fueran diferentes, ¿qué me gustaría prever?

Prevenir no es dar por hecho que algo malo ocurrirá. Es dejar abierta la posibilidad de cuidarnos si ocurre.

Psic. María Teresa Inglés Ramírez

Psicóloga sistémica

chrizane.consultoria@gmail.com

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