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El arte de no tener prisa

Mucho gusto
Por: Alberto LLANES

Hay días en los que uno siente que el reloj trae prisa y nosotros vamos detrás de él, tratando de alcanzarlo. Nos levantamos pensando en todo lo que tenemos que hacer, desayunamos viendo el teléfono, manejamos pensando en el siguiente pendiente, llegamos al trabajo pensando en la hora de salida y, cuando por fin llegamos a casa, descubrimos que el día se nos fue sin que realmente lo hayamos vivido. Qué cosa tan rara.

Tenemos relojes cada vez más precisos, teléfonos que nos avisan hasta cuándo debemos respirar, calendarios que organizan nuestras vidas con una eficiencia casi militar y aplicaciones que nos recuerdan lo que, en otros tiempos, simplemente recordábamos. Y, sin embargo, cada vez parece más difícil encontrar un momento para sentarnos a no hacer absolutamente nada, como Cristian Castro, quizá. Por eso, últimamente he pensado que deberíamos recuperar el arte de no tener prisa. No me refiero a ser irresponsables, llegar tarde o dejar las cosas para después. Hablo de otra cosa: de recuperar esos pequeños momentos que no producen nada, pero que nos hacen bien. Colima era un paraíso por eso, la gente, en 1986, no tenía prisa, pero Colima se ha vuelto vertiginoso, ya no hay tiempo para la siesta y todo para urge para ayer. Tenemos que regresar a los días de tomarnos un café sin revisar el celular. Escuchar una canción completa, sin brincarla a los treinta segundos. Platicar con alguien sin estar mirando la pantalla. Caminar unas cuadras sin convertir la caminata en una competencia contra el tiempo. Leer unas páginas de un libro porque sí, porque nos gusta, porque una frase nos hizo detenernos. Hasta mirar por la ventana puede ser un acto de rebeldía en estos tiempos.

Quizá nos hemos acostumbrado demasiado a medirlo todo. Cuánto trabajamos, cuánto avanzamos, cuántos mensajes contestamos, cuántos pendientes resolvimos, cuántos pasos dimos, cuántas horas dormimos. Y en medio de tantas mediciones se nos olvida algo que no aparece en ninguna aplicación: cuánto disfrutamos. Porque la vida también está hecha de cosas que no sirven para nada… y qué bueno. Una charla que se alarga. Una cerveza con los amigos. Una canción de los noventa que nos obliga a viajar veinte o treinta años atrás. Un libro que dejamos a medias porque nos quedamos pensando en una frase. Una sobremesa que se convierte en otra hora de conversación. La risa inesperada. El recuerdo de alguien. El abrazo que llega justo cuando hacía falta. Ya no digamos un partido completo de futbol americano que dura alrededor de tres horas, tres horas y media. Esas cosas no caben en una agenda, pero quizá son las que terminan dándole sentido a la agenda completa.

A veces pienso que necesitamos recuperar la capacidad de aburrirnos. Sí, aburrirnos. Porque del aburrimiento también nacen ideas, recuerdos, historias y hasta ganas de hacer algo distinto. Antes, cuando no había internet en cada bolsillo, uno podía pasar varios minutos mirando el techo y sobrevivir perfectamente. O se iba la luz en días de lluvias intensas y salíamos adelante. Ahora, si esperamos treinta segundos en una fila, ya estamos desbloqueando el teléfono. Y si se nos va la luz y por ello no tenemos internet, nos volvemos locos y no sabemos qué hacer. Tal vez deberíamos aprender nuevamente a esperar. A mirar. A escuchar. A estar. Porque quizá el verdadero lujo de nuestros días no sea tener más tiempo, sino aprender a habitar el que tenemos.

Mañana, seguramente, volveremos a correr. Habrá pendientes, correos, llamadas, clases, tráfico, noticias y ese interminable etcétera que todos conocemos. Pero hoy, aunque sea por unos minutos, podríamos hacer algo diferente. Sentarnos. Respirar, como les digo a mis alumnos/as. Escuchar una canción. Mirar a alguien a los ojos. Salir a estirar las piernas, los brazos. Y no tener prisa. Después de todo, la vida no solamente consiste en llegar a algún lugar. También estaría bien disfrutar un poco el camino…

 

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