La pubertad está llegando cada vez más temprano, y no es una impresión

La ciencia detrás
Por: Efrén MURILLO ZAMORA

Hay consultorios de endocrinología pediátrica donde el motivo de consulta más frecuente ya no es la talla baja ni el sobrepeso. Son niñas menores de ocho años que empezaron a desarrollarse antes de tiempo.

Se llama pubertad precoz y aparece antes de los ocho años en niñas y de los nueve en niños. No es un diagnóstico de moda, sino el extremo temprano de un fenómeno medido desde hace décadas. Una revisión de estudios en niñas sanas encontró que, entre 1977 y 2013, la edad del desarrollo mamario bajó cerca de tres meses por década. Casi un año en una generación.

Los registros nacionales lo confirman, y muestran que es mucho más frecuente en niñas. En Dinamarca la incidencia anual pasó de 2.6 a 14.6 por cada 10 mil entre 1998 y 2017; en los niños del mismo registro, de 0.1 a 2.1, siete veces menos. La pandemia aceleró la curva. En una revisión de 32 estudios, entre los menores referidos por sospecha las probabilidades de confirmar el diagnóstico casi se duplicaron.

Sobre las causas hay más señales que certezas. El peso corporal es el factor mejor documentado. Un estudio danés que comparó hermanos entre sí, para descartar lo que comparte una familia, encontró que el sobrepeso y la obesidad adelantan varios meses los primeros signos puberales. También se han propuesto el sedentarismo y ciertas sustancias de plásticos y productos de cuidado personal, aunque ahí la evidencia es inconsistente. Alcanza para justificar precaución, no para señalar responsables.

Las consecuencias van por tres caminos. En lo biológico, el hueso madura junto con el cuerpo y las placas de crecimiento se cierran antes, comprometiendo la estatura final. Por eso el bloqueo hormonal es el estándar cuando está indicado, y una revisión de 15 estudios confirmó que mejora la talla.

En lo psicológico, un estudio alemán comparó a 1094 menores con pubertad precoz contra 5448 sin ella, pareados por edad y sexo. Encontró un riesgo cerca de 50 por ciento mayor de recibir algún diagnóstico psiquiátrico, sobre todo depresión, ansiedad y déficit de atención, y en algunos seguía elevado ocho años después. Es observacional, y un riesgo poblacional no determina el destino de cada persona.

En lo social está lo más difícil de medir. El cuerpo se adelanta a la cabeza; una niña que se ve distinta lo nota, y el entorno tiende a tratarla como mayor.

Aquí entran madres, padres y tutores. Esto no debería normalizarse con la idea de que las niñas y niños de hoy maduran antes. Los cambios puberales no deben estar presentes antes de los ocho años en las niñas ni antes de los nueve en los niños. Olor axilar de tipo adulto, vello púbico, crecimiento mamario o aumento del tamaño testicular antes de esas edades ameritan valoración médica. Una guía pediátrica estadounidense recomienda eso mismo, conciencia familiar y valoración oportuna.

Quienes atienden estos consultorios llevan años observando el mismo cambio, y los registros de otros países les dan la razón. En México no falta evidencia clínica, falta vigilancia sistemática que la convierta en cifras propias. Mientras eso llega, lo que sí está al alcance de una familia es buscar valoración. Puede ser con su médico familiar, que deriva a endocrinología pediátrica cuando corresponde, o directamente con el especialista si tiene esa posibilidad. Lo importante es no esperar a ver qué pasa.

Referencias

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