La carta de los pintores

Para Pensar
Por: Carlos M. Hernández Suárez

Veinticinco medallistas Fields —lo más selecto de la matemática mundial— acaban de firmar una carta titulada “Un grave desalineamiento de la IA en las matemáticas”. Alegan que la carrera de las empresas de inteligencia artificial por resolver problemas célebres daña a su ciencia: anuncios apresurados, sin reconocimiento del trabajo previo, sin el lento proceso comunitario de charlas, discusiones y escritura cuidadosa que convierte un teorema en comprensión. Los objetivos de las empresas y los de la comunidad matemática, dicen, están “gravemente desalineados”.

El detonante es reciente. Hace unos días, OpenAI anunció que su IA había resuelto uno de los llamados Problemas del Milenio, ligado a las ecuaciones de Navier–Stokes. Formuladas hace casi dos siglos para describir el movimiento de los fluidos, esas ecuaciones planteaban preguntas que nadie había podido contestar en más de noventa años de intentos, al punto de que desde el año 2000 se ofrece un millón de dólares por la respuesta. La máquina la produjo en cuestión de días, y el anuncio —apresurado y con disputas de crédito incluidas— cayó como balde de agua fría.

Creo que los que suscriben esa carta se equivocan. Sus quejas legítimas —citar las fuentes, no anunciar antes de tiempo— no son pecados de la IA sino de los humanos que la operan: una máquina no convoca ruedas de prensa ni redacta boletines triunfalistas. Y para vigilar esas conductas ya existe una maquinaria bien aceitada: editores y árbitros. En 1993, Andrew Wiles anunció con bombo su prueba del último teorema de Fermat; los árbitros encontraron un error y tardó más de un año en corregirlo. Nadie firmó cartas entonces: el sistema funcionó, como funciona desde hace siglos.

Lo demás es miedo. Los problemas abiertos no son cotos de caza reservados a humanos. ¿Debía la IA esperar a que nos declaráramos exhaustos ante Navier–Stokes, o esperar turno ante la conjetura de Collatz, para pedir permiso de entrar? Cuando AlphaFold publicó la estructura de miles de proteínas —trabajo que habría tomado siglos de cristalografía— los biólogos no firmaron manifiestos: celebraron el regalo, lo incorporaron a sus laboratorios y se adaptaron. Hoy nadie querría deshacer ese avance.

No es la primera vez que un gremio ilustre firma contra una máquina. Cuando apareció la fotografía, hacia 1839, se atribuye al pintor Paul Delaroche la sentencia “a partir de hoy, la pintura ha muerto”, y en 1859 Baudelaire la llamó “refugio de los pintores fracasados” y enemiga mortal del arte. Se equivocaron por partida doble: la cámara no mató a la pintura; la liberó del retrato fiel y la empujó hacia donde ninguna lente podía llegar. De ese susto nacieron el impresionismo y el arte moderno. Y hay un detalle que los medallistas deberían apreciar: ellos mismos escriben que resolver problemas es apenas un sustituto de la comprensión. Si es así, la IA automatiza el retrato, no el arte.

Concedo una sola inquietud seria: la formación. Si los grandes problemas dejan de ser el gimnasio donde se forjan los jóvenes, habrá que inventar otros gimnasios. Pero ése es un problema de adaptación, no un argumento contra la herramienta.

Yo no soy matemático; me he dedicado a aplicar las matemáticas a problemas concretos, y desde esa esquina lo que importa es que los resultados sean ciertos y estén disponibles, vengan de donde vengan. Pero la lección de la carta rebasa a su gremio: la IA ya está aquí y, como puede verse, hasta algunas de las mentes más brillantes del mundo se sintieron amenazadas. En lugar de intentar acotarla —algo que no vamos a lograr—, pensemos cómo nos va a afectar a cada uno y cómo vamos a reaccionar. Nadie, nadie se escapará: a todos nos toca decidir qué haremos ahora con los pinceles.