Los saurios temibles

El pez sin el agua
Por: Rubén Pérez Anguiano*

 Se les decía dinosaurios. Eran los representantes de un viejo estilo, persistente y altanero, en la política mexicana.

Algunas de sus características eran visibles a la distancia y podemos resumirlas aquí: reactivos a la democracia, afectos a las decisiones cupulares, mafiosos en sus estilos grupales, hábiles en el modo cortesano, retóricos hasta la exageración, grandilocuentes en las intervenciones públicas, oscos hacia los cuestionamientos, afines al “dedazo”, defensores acérrimos del jefe político en turno y altaneros con los que exigían cambios. De forma curiosa, no sólo se identificaban con una edad o un sesgo generacional: los dinosaurios eran una forma de pensar, una cultura política que trascendía a los años.

Cuando comencé a participar en actividades políticas y partidistas, hace décadas, me encontré con muchos jóvenes que chocaban con ese viejo estilo, pero otros parecían seguirlo sin mayor cuestionamiento. A quienes les fue mejor fue a los segundos, lo cual es lógico, pues los políticos con poder los adoptaron como herederos de la misma especie. Se les llamó, incluso, “bebesaurios”.

A pesar de todo, a pesar de la soberbia y el desprecio a las críticas, los dinosaurios se fueron quedando sin poder y se fueron apagando con el partido que los cobijaba, precisamente por causa de la democracia. Pero las culturas políticas no mueren tan fácil: a veces mudan de piel y se mantienen, como las víboras.

No se piense que dinosaurios y bebesaurios se extinguieron como en el apocalipsis del mesozoico. Nada de eso, que estos especímenes tienen la piel muy dura. Muchos se aliaron con otras fuerzas, se disfrazaron de demócratas y promotores del cambio, se pusieron coquetos con nuevos atavíos y siguieron haciendo de las suyas.

Uno de ellos, un viejo dinosaurio formado en la escuela del populismo mexicano, hasta se volvió rebelde, fundó un nuevo partido y terminó conquistando la presidencia del país. No llegó solo: lo acompañaron huestes jurásicas (en edades y estilos) que volvieron a poner sus destempladas fauces en los asuntos y negocios públicos. Los efectos están a la vista.

Así, el viejo estilo revivió en medio de un discurso que parecía sepultarlo por completo. Es decir, en medio de la retórica más democrática de los últimos años, los partidarios de la no-democracia (el autoritarismo) volvieron a imponerse, como si fueran maldición.

Así se explican fenómenos actuales, muy actuales, como procesos partidistas donde el añejo “dedazo” vuelve a manifestarse, con todo y la reedición de la “cargada”, la unidad de funcionarias y funcionarios y la incondicionalidad de expertos en el futurismo de las chambas. De nuevo, como en el ayer, los grupos en el poder imponen a sus candidatos (llamándolos de muchas formas) a la fuerza, sin mediar siquiera encuestas o acuerdos previos.

Total, es así y ni modo. El que no quiera que se vaya y listo, lo cual es una repetición de las viejas estrategias, soberbias y autosuficientes.

Tenemos a militantes y dirigentes que se asumen de izquierda adoptando actitudes propias de los viejos líderes de partido más incondicionales y rancios del populismo autoritario. Es como si el viejo PRI, el más bobo e incondicional (había de todo), volviera por sus fueros.

He visto a legisladores que se asumían como opositores y de izquierda hace pocos años, justificando el día de hoy conductas, actitudes y decisiones que ayer les habrían hecho sonrojar. Digo, me da gusto mirarlos así, porque de otra forma no lo hubiera creído.

En fin, cuando los cándidos despertaron, el dinosaurio y otras expresiones jurásicas (el dedazo, la cargada, las decisiones mafiosas de los grupos de poder y muchas más) todavía estaban allí, dominando la política mexicana.

Carlos Fuentes dijo en su ensayo Tiempo Mexicano, que nuestra historia es circular, no lineal, es decir, que todo lo que se fue sigue por aquí y que los pasados renacen en el presente. Aquí está un claro ejemplo.

Un último apunte: antes dominaban la escena los dinosaurios y ahora abundan las dinosaurias.

 

*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 58 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.