El pez sin el agua
Por: Rubén PÉREZ ANGUIANO*
Di con un nuevo síndrome, como si fuera un apasionado psicoanalista (que en parte lo soy, a pesar de que el psicoanálisis puede considerarse una religión perdida). Lo llamaré el “síndrome de Fineo” y espero que les resulte estimulante.
Fineo es un adivino ciego que aparece en la saga de Los Argonautas, aquel alucinante equipo de héroes y semidioses comandados por Jasón a la búsqueda del vellocino de oro. Fineo sufría una maldición divina: cada vez que se sentaba a la mesa las arpías o harpías (monstruos alados con rostro femenino) le arrebataban o ensuciaban los alimentos, dejándolo hambriento y desesperado. Los argonautas —especialmente Calais y Zetes, los hijos del viento Bóreas— terminarían liberándolo de la maldición a cambio de indicaciones claras sobre el camino a seguir.
Pues bien, la historia de Fineo me hizo recordar una serie de acontecimientos recientes a cargo de personajes asociados al modelo de poder actual, es decir, integrantes del partido dominante en México. Algunos de estos personajes (mujeres y hombres con cargos electivos o disfrutando de otros espacios de las funciones públicas) lograron acumular notables riquezas en los años recientes, sea por corrupción o asociación con intereses ilegales como el narcotráfico y el huachicol. Al acumular riquezas demenciales es lógico que su mayor ilusión sea disfrutarlas, pero las arpías de la opinión pública lo impiden.
Conocemos esas historias: un senador viaja a Europa y es grabado sentado en primera clase o recorriendo tiendas lujosas; una gobernadora se escapa al viejo continente y apenas llega es perseguida por ciudadanos que documentan sus lujos; una funcionaria adquiere una mansión en Estados Unidos que sus ingresos oficiales no podrían solventar ni siquiera por varias décadas, pero es descubierta; una pareja de legisladores se colocan accesorios y vestimentas incompatibles con los discursos de austeridad del movimiento político al que pertenecen y los periodistas hacen evidentes sus lujos; una iletrada presidenta municipal luce collares de lujo mientras es acusada de desvío de recursos y debe declarar que los accesorios son un regalo “del pueblo”; por su parte, los hijos de un expresidente adquieren prendas en sucursales de Prada, Loro Piana o Hermes, cenan con láminas de oro o se hospedan en los más caros destinos y son de inmediato reconocidos y desenmascarados. Casos así se multiplican hasta la exageración. Es suficiente con indagar un poco en las redes sociales. No existe lugar en el mundo donde las y los aquejados por el Síndrome de Fineo puedan eludir a la opinión pública y disfrutar de sus recursos.
Es sabido que quienes ambicionan riquezas sufren la compulsión de hacer ostentación de ellas y utilizarlas para adquirir todo lo que soñaron. Es como si a un hambriento de muchos días le pusieran una mesa llena de los más exquisitos manjares y se le impidiera tocarlos a manotazos. Debe ser exasperante, sin duda, tener los recursos y no poder viajar a donde plazca, adquirir prendas finas, ataviarse con lo más caro o comer y beber de lo que pocos pueden. Son los nuevos Fineos y Fineas, condenados a un deseo que no logran satisfacer porque los monstruos de la opinión pública les arrebatan el deseo de la boca.
Allí siguen y seguirán, con los recursos suficientes para tirar y malgastar, pero sin poder hacerlo y sintiendo a cada momento el aliento de la justicia (la nacional o la internacional) en la nuca.
Nota. Hasta aquí el Síndrome de Fineo. Existe uno similar, el de Tántalo, un rey que mora en el inframundo, condenado al hambre y sed eterna. De hecho, existen varios casos similares, por ejemplo, los castigos de la gula en la obra de Dante. Sin embargo, el síndrome de Tántalo es usado para describir el sufrimiento por un deseo constante que no se puede alcanzar. Por eso, es usado en el ámbito clínico y psiquiátrico para explicar el dolor emocional de los adultos mayores al perder capacidades físicas. Se diferencia de mi Síndrome de Fineo en que aquí los placeres están al alcance de la mano, los recursos para adquirirlos existen, pero las arpías de la opinión pública los ensucian y arrebatan.
*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 58 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.



















