​Existe un mes en el calendario de nuestros antepasados donde se jugaba el destino de todo el año. Hoy, cuando caminamos por las calles de Cuauhtémoc, es fácil olvidar que la vida de este pueblo dependía por completo del humor del cielo y de la generosidad de la tierra. Había un orden, un compás sagrado que iniciaba el 24 de junio con la apertura de la tierra y se sellaba el 24 de julio con su cierre.

​Para los campesinos de Cuauhtémoc, el 24 de junio, mero día de San Juan, era la fecha señalada para emprender el camino hacia los potreros y surcar la tierra ya húmeda por las primeras lluvias. La preparación, sin embargo, comenzaba días antes y activaba la vida entera del pueblo. Con respeto a los oficios locales, los agricultores acudían con los herreros viejos de San Jerónimo, en el Barrio del Cariño, para que les soldaran los arados que habían permanecido guardados desde las aguas pasadas. Aprovechando el viaje por ese mismo rumbo, pasaban con Elías Zamora, el recordado talabartero «El Gringo» Zamora, para arreglar los collares y fustes necesarios para el tronco de bestias.

​El equipamiento para el temporal también exigía recorrer las calles céntricas. Los pasos obligados incluían la calle Libertad, conocida también como la del «Tierno», donde visitaban a Rafael Zamora, el sastre del pueblo, para surtirse de capotes, forros para los sombreros y los indispensables sombreros colimotes, previniendo los recios aguaceros que los alcanzarían a cielo abierto. Apenas media cuadra más arriba, la parada obligatoria era con Moisés Zamora para conseguir las suelas de llanta y las correas destinadas a los huaraches de araña, un calzado profundamente tradicional en nuestro municipio y vital para resistir el lodo del campo.

​El ritual de la semilla también requería su propio tiempo: guardada con recelo desde la cosecha anterior, los campesinos le daban un cuidadoso proceso de secado al sol en los patios o azoteas desde que eran mazorcas, para luego desgranarlas a mano y almacenarlas en tambos de fierro o ánforas de plástico con su pastilla para el gorgojo.

​Para el 23 de junio, todo debía estar listo: el costalillo, el bule, la balsa o el ánfora para el agua. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, la jornada arrancaba con el amanecer ranchero de la antigua estación de radio La RL de Colima. En las cocinas ya olía a la famosísima torta de huevo para el bastimento, acompañada de un humeante jarro de café, tacos de frijoles fritos con manteca y galletas de animalito.

A las seis de la mañana, tras ensillar y cargar herramientas, provisiones y semillas en las bestias, se emprendía el camino. Al salir del pueblo, jinetes y sembradores de a pie se iban integrando en una sola fila rumbo a potreros entrañables como Las Salasaneas, Mojonera, Laguna, El Obrador, La Loma Alta, La Primavera o El Limón, encomendando la jornada a Dios y a San Rafael Arcángel, santo patrono del pueblo.

​Con esa siembra masiva, bajo el amparo de San Juan Bautista, se declaraba oficialmente «abierta la cosecha».
Lo que seguía eran cuatro semanas de labor ininterrumpida para limpiar el terreno, cuidar el brote tierno y defender la milpa. Todo este esfuerzo corría contrarreloj hacia una fecha límite: el 24 de julio, víspera de Santiago Apóstol.
​Llegado ese día, un mes exacto después, la costumbre dictaba que «la cosecha se cerraba». Aquello respondía a la profunda sabiduría climática de la región de Colima.

Para finales de julio, la planta de maíz ya debía estar lo suficientemente alta, fuerte y enraizada para resistir los vientos recios del verano y las tormentas más copiosas que traía el temporal consolidado, protegiendo la inversión antes de la llegada de la canícula. Quien no hubiera logrado establecer su siembra antes de la víspera de Santiago, perdía la ventana de oportunidad que la tierra otorgaba.

​Esta tradición, que hoy duerme en el recuerdo, no era un simple itinerario de trabajo; era el pacto de un pueblo con su entorno. Al recordar el viaje del 24 de junio y el resguardo del 24 de julio, no solo investigamos el pasado: devolvemos el honor y la voz a los sastres, talabarteros, herreros y abuelos que, con las manos en el arado y la fe en San Rafael Arcángel.

Texto de Luis Valdovinos