Teotihuacán: lo que la violencia nos obliga a mirar
Por: Guillermo Ramírez Zavala
El ataque en la zona arqueológica de Teotihuacán no solo interrumpió la cotidianidad de uno de los espacios más emblemáticos del país; también dejó una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿cómo llegamos a esto? Porque más allá de la escena —el miedo, la huida, la incertidumbre— lo que emerge es algo más profundo: una forma de violencia que ya no encaja del todo en las categorías tradicionales.
No es crimen organizado, no es un conflicto interpersonal identificable, no es una reacción inmediata a una provocación concreta. Es, más bien, una violencia que parece construirse lentamente, en silencio, hasta irrumpir de forma abrupta. Y ahí es donde el análisis se vuelve necesario.
Tras el ataque, la explicación apareció casi de inmediato: problemas psicológicos. Es una respuesta comprensible, incluso intuitiva. Nombrar la salud mental como causa parece ofrecer una especie de orden frente al caos. Pero también es una salida fácil. Reducir lo ocurrido a un problema individual tiene dos efectos peligrosos. Por un lado, simplifica un fenómeno que es mucho más complejo. Por otro, desplaza la mirada: deja de preguntarse por el entorno, por las condiciones sociales, por las narrativas que circulan, por lo que se aprende —explícita o implícitamente— sobre la violencia.
Porque si todo se explica por la mente de una sola persona, entonces el resto queda intacto. Y eso es, en términos sociales, una forma de tranquilidad engañosa. La realidad es menos cómoda: la mayoría de las personas con afectaciones en salud mental no son violentas. Y muchos actos violentos no pueden explicarse únicamente desde lo clínico. Lo que el caso de Teotihuacán deja ver es otra cosa: procesos. Procesos de aislamiento, de construcción de sentido, de exposición a discursos que normalizan el daño, de búsqueda de reconocimiento —aunque sea a través de la violencia.
Hoy, buena parte de esas trayectorias no ocurren en espacios visibles. Se gestan en entornos digitales, en comunidades donde la frustración encuentra eco, donde la agresión se justifica, donde la violencia deja de ser impensable y comienza a volverse posible. No es que internet “cause” violencia. Pero sí puede ser un espacio donde se valida, se amplifica o se resignifica. Y si a eso se suma una historia personal de desconexión, de malestar no atendido, de ausencia de vínculos significativos, el resultado no es automático, pero sí preocupante.
Hay otra dimensión que no puede ignorarse: la institucional. ¿Cómo entra un arma a un sitio como Teotihuacán? ¿Qué protocolos existen, y cuáles no? ¿Qué tanto estamos preparados para anticipar riesgos que no responden a las lógicas tradicionales del delito? Estas preguntas no buscan señalar culpables inmediatos, sino evidenciar algo más estructural: seguimos pensando la seguridad desde la reacción, no desde la anticipación. Y mientras eso no cambie, los márgenes de sorpresa seguirán existiendo.
Frente a esto, hablar de cultura de paz puede sonar insuficiente, incluso ingenuo. Pero en realidad apunta a algo mucho más exigente: la construcción deliberada de condiciones sociales donde la violencia no sea una opción viable. Eso implica mucho más que campañas o discursos. Implica preguntarse cómo se forman los vínculos, cómo se gestionan las emociones, cómo se resuelven los conflictos, cómo se construye el sentido de pertenencia. Implica también reconocer que la violencia no aparece de la nada, sino que se inserta en contextos donde hay carencias, silencios, omisiones.
En ese sentido, iniciativas como las impulsadas por el gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo en materia de salud mental —como “El ABC de las emociones”— apuntan en una dirección relevante: intervenir antes, no después. Pero también hay que decirlo con claridad: por sí solas no bastan.
El problema con los casos como este es que incomodan porque rompen la narrativa habitual. No hay una organización criminal a la que atribuir todo. No hay una lógica económica clara. No hay un “otro” fácilmente identificable. Y eso obliga a mirar más cerca. A preguntarse por los discursos que circulan, por las formas en que se construye la identidad, por el lugar que ocupa la violencia en el imaginario social. A cuestionar si estamos realmente preparados para entender estos fenómenos, o si seguimos intentando encajarlos en categorías que ya no alcanzan.
Quizá lo más inquietante del caso no es lo que ocurrió, sino lo que revela. Revela que la violencia puede gestarse en silencio. Que no siempre da señales claras. Que no responde a una sola causa. Y también revela algo más: que la forma en que elegimos explicarla importa. Si la reducimos a un problema individual, la aislamos. Si la entendemos como fenómeno complejo, nos obliga a actuar de otra manera.
Lo ocurrido en Teotihuacán no puede deshacerse. Pero sí puede leerse. Y en esa lectura hay una decisión: quedarnos con explicaciones simples que tranquilizan, o asumir la complejidad que incomoda, pero que permite pensar en soluciones más reales. Porque, al final, la violencia no solo se combate. También se comprende. Y en esa comprensión, tal vez, está la posibilidad de que no vuelva a ocurrir.
Mtro. Guillermo Ramírez Zavala
Presidente de la Comisión de Honor y Justicia del Colegio Oficial de Psicólogos del Estado de Colima.
Especialista en psicología jurídica y desarrollo de política públicas de salud mental.

















