La derrota que Estados Unidos e Israel disfrazan de tregua con Iran

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Hay derrotas que no se anuncian como tal. Se disfrazan de acuerdos, de “grandes días para la paz”, de comunicados cuidadosamente redactados para evitar una palabra que en política pesa más que cualquier otra: fracaso.

Pero esta vez, los comunicados oficiales no alcanzaron para ocultarlo.

Donald Trump ha aceptado, en los hechos, condiciones que reconfiguran el equilibrio de poder en Medio Oriente. Y lo ha hecho después de semanas de escalada, amenazas, retórica de fuerza y promesas que hoy suenan vacías.

Porque no hubo cambio de régimen en Irán. No hubo desmantelamiento de su programa nuclear. No hubo neutralización de su capacidad militar. Hubo, en cambio, algo mucho más difícil de maquillar: concesiones.

El punto más delicado —y probablemente el más significativo— es el reconocimiento de la soberanía iraní sobre el estrecho de Ormuz. No es un detalle técnico. Es una arteria global por donde circula cerca del 20% del petróleo del mundo. Controlar ese paso no es solo una ventaja geográfica: es poder económico, político y estratégico.

Durante décadas (antes del ataque injustificado de Trump y Netanyahu) , ese estrecho fue presentado como zona de libre tránsito internacional. Hoy, tras el alto al fuego, el solo hecho de aceptar su control por parte de Teherán implica un giro que ningún presidente estadounidense había asumido.

Eso no es diplomacia rutinaria. Es un repliegue, es una rendición ante las fuerza de los Persas.

Mientras tanto, desde Teherán el mensaje es otro. Celebración en las calles. Declaraciones de victoria. Un discurso que no solo habla de resistencia, sino de haber doblegado a una de las mayores potencias del mundo.

Y más allá de la propaganda —que siempre existe en cualquier conflicto— hay hechos incómodos: El programa de misiles iraní sigue intacto. El uranio enriquecido permanece bajo su control. No hubo intervención que modificara el sistema político interno.

Y quizá lo más revelador: tras 39 días de confrontación, Irán no solo resistió, sino que emerge con mayor peso regional y eso tiene implicaciones.

Para las monarquías del Golfo, observan cómo el equilibrio de poder se inclina hacia Irán.
Para Israel, que enfrenta un entorno más complejo, con frentes abiertos como Líbano y la persistente actividad de Hezbolá.
Y para Estados Unidos, que proyecta una imagen de fuerza… pero negocia su rendición.

Porque ese es otro elemento que no se puede ignorar: el calendario político. A medida que se acercan elecciones de medio mandato, las decisiones en política exterior dejan de ser únicamente estratégicas y comienzan a ser también electorales.

Salir de una guerra, aunque sea rindiéndose, puede ser más rentable que sostenerla sin resultados.

Pero el costo queda y es muy alto. Queda en la credibilidad aplastada. Queda en la narrativa internacional. Queda en los aliados que empiezan a preguntarse hasta dónde se puede confiar en Estados Unidos y hasta dónde llega su fuerza real.

Y en medio de todo esto, hay una disputa que va más allá de los misiles o el territorio: la del relato.

Para Estados Unidos, esto es un triunfo de la diplomacia disfrazando la derrota.
Para otros, una capitulación.
Para Irán, una victoria histórica.

La verdad, como casi siempre, es más incómoda: es un reacomodo donde el orquestador no es la Casa Blanca.

Un momento donde las promesas del «make America grate again» chocan con la realidad. Donde la retórica de fuerza se traduce en acuerdos que reconocen límites. Donde el poder no desaparece, pero se redistribuye.

Y ahí es donde entra Benjamin Netanyahu, con un frente que no termina de cerrarse. La ambigüedad sobre Líbano, los enfrentamientos con Hezbolá, las bajas civiles, el desplazamiento de cientos de miles… todo eso sigue ocurriendo mientras se habla de alto al fuego. Es la paradoja de siempre: la paz declarada no siempre coincide con la paz real.

Al final, lo que queda no es el discurso, sino el resultado. Y el resultado, hoy, es este:
Estados Unidos no consiguió lo que buscaba. Israel sigue atrapado en un conflicto abierto para el que nunca estuvo capacitado y fundamentó en mera retórica de poderío militar en las nubes. Irán resistió al ataque, les plantó cara, salió victorioso y fortalecido.

Lo demás es narrativa.