Una Poca de Gracia
Por: Carlos Alberto PÉREZ AGUILAR
Hay una tentación silenciosa que atraviesa todos los ámbitos de la vida: la de jugar con ventaja… mejor dicho, hacer trampa.
Hacer trampa no siempre se presenta como un acto descarado, porque el tramposo nunca reconocerá que es malo, menos si gana en el juego; hay muchos perdedores que, incluso, admiran al tramposo reconociéndoles como “inteligentes”, “visionarios”, “estrategas” y, en nuestra cultura eso está más que normalizado.
La ventaja a veces llega disfrazado de “estrategia”, de “inteligencia práctica”, de ese consejo que nos resuena en lo más profundo de la conciencia que dice: “si no lo haces tú, alguien más lo hará”, resumido en el afamado: “el que no tranza, no avanza”.
En un mundo competitivo, resulta ingenuo no querer aprovechar cada resquicio, cada grieta del sistema. ¿Por qué no manipular un poco, exagerar otro tanto, ocultar lo necesario? Al final, dicen algunos, el resultado es lo único que importa… ¿o no?
Sin embargo, jugar con tramposos es una experiencia distinta. Es entrar a un terreno donde las reglas ya no existen o, peor aún, donde solo están para quien decide respetarlas. Y entonces, haciendo un análisis simple, surge la pregunta incómoda: ¿vale la pena seguir siendo honesto cuando el otro no lo es?… ¿lo ha pensado alguna vez?
Es justo, pensando en este tema, que el algoritmo en redes sociales puso frente a mí el resumen de una de las ideas de Nicolás Maquiavelo; la tecnología ha llegado casi a la par del pensamiento, a tal grado, que apareció esta idea maquiavélica, casi, casi para convencerme que si se juega con tramposos, lo único que queda es ganarles con más trampa.
Decía este reel que en El Príncipe, Maquiavelo plantea una visión cruda del poder: los gobernantes, afirma, deben aprender “a no ser buenos” cuando la situación lo exige. La trampa, en este sentido, no es un accidente moral, sino una herramienta política. El engaño, la simulación y la manipulación forman parte del repertorio necesario para sobrevivir en un entorno hostil. No se trata de maldad gratuita, sino de eficacia.
Sin embargo, interpretar a Maquiavelo como una invitación abierta a la trampa sería minimizar lo complejo del asunto. Su análisis es más bien un diagnóstico: el mundo está lleno de actores que no juegan limpio y, no está, por decirlo de más ocurriendo todos los días en las calles, en los deportes, en la cultura, en las ventas o en la defensa del privilegio.
Retomando a Maquiavelo, el legendario ideólogo nos haría pensar que quien se aferra a la pureza absoluta, al hacer las cosas de forma correcta, el que actúa con justicia, corre el riesgo de ser derrotado y a nadie le gusta perder. Pero también advierte, entre líneas, que el abuso constante erosiona la legitimidad. El poder que se sostiene únicamente en la trampa termina por volverse frágil.
A las y los tramposos que admiran a Maquiavelo y, tal vez, no se quedaron a ver el final del vídeo que yo vi, les planteo, en palabras del propio autor como advertencia: “El príncipe debe hacerse temer de modo que, si no consigue el amor, evite el odio; porque el odio se gana tanto con las buenas obras como con las malas.”, recordándoles que el odio se consigue más fácil que el amor.
Hoy, esa lógica trasciende la política. La vemos en la mercadotecnia que seduce más de lo que informa, en la persuasión que apela más a emociones que a verdades, en las relaciones personales donde la confianza se negocia como moneda o como catálogo de moda. Vivimos, de alguna manera, inmersos en pequeñas trampas cotidianas: promesas infladas, medias verdades, silencios convenientes.
Y aun así, algo se rompe cuando todo se vuelve estrategia. Porque si todos hacen trampa, el juego deja de tener sentido. La desconfianza se convierte en norma y el tejido social se desgasta. El problema no es solo moral, es profundamente práctico: ninguna comunidad puede sostenerse sobre la sospecha permanente.
Hace unos días, en clase, analizábamos con mis alumnos la llamada Ley de Juegos, una idea tomada de la teoría de juegos que plantea cómo las decisiones individuales impactan directamente en los resultados colectivos. Les proponía a mis alumnos imaginar escenarios simples: cooperar o competir, confiar o traicionar. Y, como suele suceder en el papel, todo parecía indicar que, si cada participante actuaba pensando en el bien común, el resultado podía ser favorable para todos. La lógica era clara, casi esperanzadora.
Sin embargo, al profundizar en ejemplos más concretos, surgió la fisura inevitable. ¿Qué ocurre cuando uno solo decide romper el acuerdo? Basta un participante que opte por el beneficio personal inmediato para alterar por completo el equilibrio. Lo que parecía un sistema justo se transforma, entonces, en un terreno incierto, donde la desconfianza comienza a imponerse, así como en los Beast Games o los reallity show. En ese momento, la reflexión dejó de ser teórica: los alumnos comprendieron que el problema no es la regla, sino la decisión individual de ignorarla.
Y ahí es donde la lección se vuelve incómoda pero necesaria. No basta con que la mayoría quiera hacer lo correcto si existe la tentación constante de aprovecharse del otro. La trampa, incluso en su mínima expresión, tiene un efecto expansivo: contamina, desmotiva y termina por justificar nuevas trampas. Lo que inicia como una excepción termina convirtiéndose en norma. Por eso, más que diseñar sistemas perfectos, el verdadero desafío está en formar personas capaces de sostener el bien común incluso cuando nadie las está observando.
Por eso, la verdadera decisión no está en si podemos hacer trampa, sino en si queremos vivir en un mundo donde eso sea la regla. La justicia, aunque a veces parezca lenta o ingenua, es el único camino que construye algo duradero. Es más difícil, sí. Exige renunciar a ventajas inmediatas. Pero también genera confianza, y la confianza es el cimiento de cualquier sociedad que aspire a la paz.
Quizá sea cierto que el bien común es difícil de sostener frente a tantos intereses individuales. Pero también es cierto que cada acto justo, por pequeño que sea, resiste la lógica del abuso. Cuando hay valores, hay justicia; cuando hay justicia, hay paz; y donde hay paz, está Dios.
Y tal vez eso es lo que más necesitamos hoy, en Colima, Jalisco y en México: menos tramposos y más personas dispuestas a jugar limpio, incluso cuando el juego parece estar perdido.






















