COLIMA.- Cuando los colimenses escuchan la palabra «tuba», su memoria no puede evitar traer de inmediato la imagen de un hombre alegre que carga sobre sus hombros la balsa rústica con la que, durante décadas, recorrió las calles de la ciudad. Baldo fue un ícono de la cultura regional, un hombre que convirtió el trabajo en una forma de arte y la sencillez en su mayor virtud.
Su trayectoria no solo fue valorada por sus clientes durante 67 años, sino también por el Estado; en septiembre de 2014, la Quincuagésima Séptima Legislatura del Congreso del Estado le otorgó un merecido reconocimiento en el marco del 190 aniversario de la elevación de rango de ciudad de la capital. Aquel día, las autoridades distinguieron a un ciudadano ejemplar cuya vida fue un testimonio de responsabilidad y amor inquebrantable por sus raíces.
La historia de Baldo fue la de un hombre que se hizo colimense por convicción. Nacido el 28 de mayo de 1930 en Villa Corona, Michoacán, llegó a estas tierras a los seis años y echó raíces profundas en el suelo que llamó hogar.
Su infancia estuvo marcada por el esfuerzo; siendo hijo único, a los nueve años ya trabajaba en el campo por cinco pesos el jornal. Fue bajo la tutela de su padrastro, Esteban Sandoval —un hombre de múltiples oficios que le enseñó desde el trabajo con el cuero hasta la música—, donde Baldo aprendió que la dignidad residía en el oficio bien hecho.
A los 17 años, recibió la herencia que definió su destino: el oficio de tubero. No fue una tarea sencilla, pues su padrastro le impuso cuatro lecciones rigurosas que él dominó con precisión: desde el manejo del machete para labrar los escalones en la palma y la destreza para trepar hasta ocho metros de altura, hasta la disciplina de repetir esta labor en ocho palmas, dos veces al día.
El 1 de enero de 1948, Baldo comenzó formalmente su camino como tubero, un trabajo arduo que, lejos de agotarlo, le permitió encontrar la plenitud.
A lo largo de su vida, construyó un sólido legado familiar junto a su esposa, Vicenta Ramírez Canales, con quien procreó siete hijos —cinco mujeres y dos hombres—, todos ellos convertidos en profesionistas gracias a su esfuerzo.
Pero su familia se extendió más allá del hogar; en las calles, Baldo encontró a otras generaciones en los estudiantes que pasaron por sus manos.
Los pasillos universitarios y la explanada del Complejo Administrativo fueron testigos de su risa constante y de sus consejos.
Aunque no asistió a las aulas como alumno, se sintió siempre «universitario» de corazón. Por su balsa pasaron gobernadores, rectores y miles de jóvenes que, con el tiempo, destacaron como médicos, abogados y contadores.
A todos les ofreció lo mismo: una tuba refrescante y una palabra amable.
Su persistencia en mantener la vieja usanza —cargando sus balsas de madera y sogas a la espalda— fue un recordatorio viviente de la perseverancia.
Baldo nunca pensó en cambiar de oficio porque, como él mismo aseguró en vida, siendo tubero fue plenamente feliz y logró sacar adelante a los suyos.
Hoy, tras su partida, Baldo permanece como un ejemplo para los colimenses. Fue la prueba de que, cuando se pone el alma en lo que se hace, el trabajo se convierte en identidad.
En cada vaso de tuba que se sirve en Colima, vive un poco de la alegría, la historia y el compromiso inquebrantable de este hombre que, con machete en mano y sonrisa a flor de piel, trepó palmas para construir el futuro de su familia y preservar el sabor de su tierra.
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