China lanza ofensiva financiera con mensaje directo a EEUU

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Cuando China mueve una ficha, no avisa. Cuando avisa, ya es tarde. La orden emitida el 9 de febrero por Beijing a sus bancos comerciales para limitar la compra de bonos del Tesoro de Estados Unidos no es un ajuste técnico. Es una señal política, financiera y estratégica de enormes proporciones: la desdolarización dejó de ser discurso y entró en fase operativa.

Apenas el pasado 3 de febrero la sección de economía de CNN publicó que la revista ideológica insignia del Partido Comunista de China publicó declaraciones del presidente Xi Jinping que trazaban planes para convertir el yuan en una moneda de reserva global. “Ese es el papel que actualmente desempeña el dólar estadounidense: la moneda de referencia para la gran mayoría de las transacciones extranjeras, lo que la convierte en una de las inversiones más seguras del mundo”.

La explicación oficial de Pekin habla de “riesgo de concentración” y “volatilidad del mercado”. El subtexto es mucho más claro y brutal: China entendió que el dólar es un arma geopolítica y decidió no seguir jugando el papel de rehén. Washington congeló las reservas rusas y dejó una lección escrita en fuego para el resto del mundo: si no te alineas, tu dinero deja de ser tuyo. Beijing tomó nota.

Los números confirman que no se trata de una reacción impulsiva, sino de una retirada cuidadosamente calculada. China redujo sus tenencias de bonos del Tesoro a 682 mil millones de dólares, el nivel más bajo en 17 años. Hace una década tenía 1.3 billones. Más de medio billón de dólares ya no está financiando el déficit estadounidense. Ese dinero no desapareció: se transformó en oro. Metal físico. Tangible. Inconfiscable.

Mientras Estados Unidos imprime papel para sostener su gasto, China acumula lingotes. Quince meses consecutivos comprando oro no son una coincidencia, son una doctrina. 2 mil 306 toneladas en reservas hablan de una potencia que se prepara para un mundo donde el dólar ya no es incuestionable.

El golpe no es menor. China era uno de los grandes pilares del mercado de deuda estadounidense. Sin ese comprador estructural, el castillo empieza a tambalearse. Estados Unidos enfrenta un dilema que no tiene solución elegante: o encuentra nuevos compradores con la capacidad y la voluntad de absorber su deuda —algo que hoy no existe— o la Reserva Federal tendrá que imprimir la diferencia. Y cuando eso ocurre, la inflación no es un riesgo: es una consecuencia.

El dato de mercado es apenas el primer temblor. El dólar cayó, el rendimiento del bono a 10 años subió y los inversionistas empezaron a recalcular. Pero lo verdaderamente relevante es que China no está sola. India y Brasil también reducen su exposición. El Sur Global, cansado de financiar déficits ajenos y de vivir bajo amenaza de sanción, empieza a cerrar la llave.

Lo que estamos presenciando no es un colapso inmediato, sino algo más peligroso para Washington: una erosión lenta, constante y estructural del sistema que sostuvo su hegemonía durante décadas. La era en la que Oriente financiaba el consumo y la deuda de Occidente se está agotando.

Estados Unidos sigue comportándose como si el mundo no tuviera alternativa. China acaba de demostrar que sí la tiene. Y que el principal rival estratégico de Trump deja de validar su moneda y empieza a acumular oro, no es una noticia financiera: es una advertencia directa.