El pez sin el agua
Por: Rubén PÉREZ ANGUIANO*
El caso de Marx Arriaga es ejemplar, pero no es una excepción. A lo largo de los años vi casos similares: funcionarias y funcionarios que se negaban a dejar el cargo usando los más diversos pretextos: una de ellas dijo ser imprescindible y añadió que después de su gestión todo se destrozaría; otro ejercía funciones representativas frente a diversas instancias de gobierno y no podía ser removido; uno más era personalidad afamada en su gremio y resultaría insensato perder su talento; otra “tenía el control de la institución” y sin ella todo se iría al abismo. En fin, podría seguir y seguir.
Estos personajes debieron aprender la primera regla: el servicio público es un oficio de equipaje ligero. Nadie es insustituible, por más que así nos lo digamos a nosotros mismos.
Con excepción de quienes poseen una base o están sindicalizados en ciertas instituciones, las y los demás están allí por una circunstancia y cuando cambian las claves de esa circunstancia hay que salir con elegancia.
Ahora bien, es cierto que muchas veces ponemos el corazón en nuestras funciones y nos duele cuando nuestra obra queda por los suelos por culpa de un sucesor o una sucesora indolente. Pasa mucho, cierto, pero no se puede hacer otra cosa: el ciclo concluye y es necesario alejarse antes de que el engranaje administrativo nos triture y nos deje en calidad de bagazo. La única defensa en esos casos es la de la historia. Tarde o temprano el buen trabajo será reconocido por propios y extraños, mientras que los malos funcionarios también construirán su propia fama: la mala o la pésima.
Lo que no se debe hacer es lo que hizo y sigue haciendo Marx Arriaga y que podemos sintetizar como atrincherarse en la oficina. Eso lleva, de forma irremediable a lo grotesco y mancha por siempre la imagen personal. Convertir un espacio público en campamento y espacio de lucha generará algunos dolores de cabeza a los funcionarios que deben lidiar con alguien así —un desaforado, digamos— pero el mayor daño es del que ejecuta esa locura.
Marx Arriaga, por cierto, siempre me dio la impresión que sufría algún padecimiento mental. Muchas veces me pareció distante de la realidad y atrapado entre sus propias opiniones y obsesiones. Sus últimas andanzas me dieron la razón: se sentía el héroe de un folletín organizando al pueblo para defender sus ocurrencias. Algunas de tales ocurrencias están plasmadas en los libros de texto gratuito, que tuvieron su peor época con él (lo extraño es que encuentro a veces quienes los defienden).
Ahora es el protagonista de un show que lo dejará en la historia del ridículo por años.
Me da terror que a personajes así les encomienden funciones públicas, pero estos ejemplares suelen colarse en los partidos y en el ánimo de quienes gobiernan. Además, así están las cosas desde hace años.
Puedo añadir algo: un loquito menos es un suspiro de alivio, pero no cantemos victoria, pues quedan muchas y muchos en las funciones públicas, en los gobiernos de todos los niveles y en todos los poderes.
De hecho, esta era parece de los enajenados. Quizás así sea conocida en unos años más. Los ejemplos abundan.
*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 57 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.

















