Nombre de la columna: Frases de oro
Por Jorge Orozco Sanmiguel
En tiempos donde los informes de labores suelen ser ejercicios de autocelebración, el Primer Informe del rector Mtro. Marcos Daniel Barajas Yescas tuvo algo poco común: no giró en torno a su figura. No fue un “yo hice”, sino un “nosotros somos”. Y esa diferencia, que parece menor en el lenguaje, es enorme en términos políticos y éticos.
Lo que se presentó no fue el informe de un rector, sino el de la Universidad José Martí hacia la sociedad colimense. El nombre de quien lo entregó fue una formalidad protocolaria; el contenido, en cambio, pertenecía a una comunidad académica que decidió hablar desde el plural, la acción colectiva y la responsabilidad social.
Hoy, cuando muchas instituciones educativas han sido absorbidas por la lógica del mercado, la universidad suele reducirse a una fábrica de títulos. Se habla de “egresar perfiles competitivos”, de “insertar mano de obra calificada”, de “rentabilidad académica”. El lenguaje no es inocente: cuando la educación adopta la gramática del capital, deja de pensarse como transformación y comienza a operar como mercancía.
En ese contexto, el informe de la Universidad José Martí funciona casi como una anomalía, (y benditas anomalías) Porque recordó algo que parecía olvidado: la universidad no existe para producir empleadas y empleados dóciles, sino pensadores críticos y sujetos sociales comprometidos.
Los hechos hablan con claridad. Una brigada de salud que brinda atención médica y fisioterapéutica gratuita no es solo un servicio asistencial: es una postura moral. Es afirmar que el conocimiento no se acumula para lucrar, sino para compartirse; que la formación en salud no puede desvincularse del cuidado del otro y otra; que el saber cobra sentido cuando vuelve a la comunidad que lo hizo posible.
Lo mismo ocurrió cuando abrieron espacios educativos para personas sordas y las mujeres privadas de su libertad del CERESO. Ahí la universidad deja de pensarse como un edificio y se convierte en un territorio ético. No educa solo a quienes pueden pagar, sino a quienes históricamente han sido excluidos del aula, del discurso y futuro. Y eso, en una sociedad marcada por la desigualdad, no es un gesto menor: es una toma de posición.
Porque educar no es solo transmitir contenidos ni obtener resultados numéricos; educar es transformar personalidades y entornos. Es formar personas que comprendan su responsabilidad social, que no vean su profesión como un privilegio individual, sino como un compromiso colectivo. Crear profesionales de cualquier área que no busquen únicamente el beneficio económico, sino que entiendan que su formalidad les fue dada por la sociedad y que, por tanto, algo le deben de vuelta. Eso es, en el fondo, lo que significa comunidad universitaria.
Hubo una frase durante el informe que erizó la piel de todas y todos. Una estudiante de medicina relató cómo sus docentes les dicen constantemente: “Ustedes serán los médicos y médicas de nuestras hijas e hijos, por eso nos preocupamos en darles la mejor clase”. En esa frase cabe toda una filosofía educativa. No se trata de cumplir horarios, sino de asumir el peso ético de la formación. No es enseñar por obligación laboral, sino por responsabilidad intergeneracional.
Esa es la diferencia entre egresar estudiantes y formar un cambio estructural. Entre cubrir un programa académico y construir una vocación. Una escuela que entiende esto no piensa en el corto plazo ni en el rendimiento financiero, sino en las generaciones que vendrán y en el mundo que deberán habitar.
La educación, entonces, deja de ser un trámite y se convierte en método de transformación social. No como discurso vacío, sino como práctica concreta. Y eso se refleja también en los resultados: egresadas y egresados reconocidos con premios nacionales de excelencia académica no son producto del azar, sino de una visión institucional clara.
Por eso este informe no necesitó de fastuosidad ni de escenarios exuberantes. Su fuerza estuvo en el contenido, en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Fue una muestra de cómo debe entenderse hoy una universidad: no como empresa educativa, sino como actor social.
Al final, el mensaje fue claro: tenía nombre quien entregaba el informe, sí, pero lo que se presentó fue la voz de una institución educativa que decidió hablarle a la sociedad. Y cuando una universidad logra eso: hablar sin ego, actuar sin exclusión y educar sin reducirse al mercado, no solo informa; marca un rumbo. Ahí, justamente ahí, es donde la educación recupera su sentido político más profundo.


















