El pez sin el agua
Por: Rubén PÉREZ ANGUIANO*
Hace poco escribí que el caso del tren interoceánico sería, algún día, motivo de vergüenza. No se necesitó mucho tiempo: la vergüenza llegó con las primeras conclusiones sobre la catástrofe.
Fueron, las de la fiscalía, unas conclusiones apresuradas y mal planificadas, sin la astucia necesaria para dotarlas de credibilidad.
Si se decide mentir desde el poder las mentiras deben ser casi la verdad, de otra forma causan más daño que beneficio.
Aquí las mentiras —las inexactitudes, quizás— fueron dichas al desnudo, casi con ingenuidad. En consecuencia, su vida útil duró poco. Bastaron unas pocas horas para que el tono acusador se agotara.
La titular de la fiscalía se apresuró a señalar culpables que más parecen inocentes, exculpando al mismo tiempo y sin muchas bases sólidas a las mentes estratégicas del diseño y construcción del tren.
El problema es que, en el informe institucional, el de la fiscalía, aparecen datos inquietantes que desmienten las declaraciones de la titular de la misma institución.
Todo parece indicar que existieron serias deficiencias en la construcción y operación integral del tren más allá de lo que pueda adjudicarse a los operarios manuales, es decir, al último eslabón y el más débil de la cadena de responsabilidad.
Insisto en algo que ya dije en un artículo reciente: se dice que los accidentes no existen, pues más que producto del azar son el resultado lógico de algunas decisiones. Aquí es evidente que algo saldría mal. De hecho, fuimos testigos de un desastre anunciado.
La responsabilidad apunta hacia arriba. Por más informes oficiales que se acumulen, será difícil que el expresidente Andrés Manuel escape de la responsabilidad histórica: fue un proyecto impulsado por él con deficiencias aparejadas, pésima planeación y sospechas de corrupción. En el proyecto involucró a su hijo, al que será difícil mantener al margen de la misma responsabilidad, por más que se quiera.
Me atrevo a decir que eso no es culpa del hijo, sino del padre. No creo que existan padres que quieran involucrar a sus hijos en decisiones que algún día les pueden estallar en la cara.
Los hijos del poder deben estar lejos del poder, precisamente para gozar el futuro y no padecerlo.
Aún si no existieran los audios donde presuntos beneficiarios de operaciones corruptas anticiparon lo que sucedería y aún si no existiera el informe de la fiscalía donde se registraron las deficiencias estructurales, habría una sólida sospecha sobre los verdaderos responsables de la tragedia.
La sociedad mexicana no es inocente: tiene muchos años entrenada en los mensajes ambiguos de la corrupción.
¿Cuáles serán los efectos de esto que parece una tragicomedia, una historia tan previsible como infausta?
Sólo el tiempo lo dirá.
*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 57 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.


















