El choque de versiones entre Trump y Sheinbaum

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Donald Trump no es un político sutil. Nunca lo ha sido. Cuando habla, no mide consecuencias diplomáticas ni cuida las formas. Por eso, cuando asegura desde el Air Force One que le pidió a la presidenta de México dejar de enviar petróleo a Cuba y que ella “accedió”, no está improvisando una anécdota: está marcando territorio.

Claudia Sheinbaum, en cambio, responde desde el guion institucional: niega que hayan hablado de Cuba, anuncia ayuda humanitaria a la isla y deja entrever que las gestiones energéticas siguen su curso. Dos versiones opuestas. Dos relatos incompatibles. Y una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿quién está diciendo la verdad?

Trump afirma que México ya no envía “ni una gota” de petróleo a Cuba porque él lo pidió. Lo dice sin rodeos, sin diplomacia y con un mensaje implícito: Washington manda. No sólo eso. Describe a Cuba como un régimen asfixiado, sin dinero ni energía, y presenta el corte de suministros como una victoria política de su administración.

Sheinbaum, por su parte, opta por negar el intercambio y desplazar la narrativa hacia la ayuda humanitaria, un terreno más cómodo moralmente y menos explosivo geopolíticamente. Pero al mismo tiempo reconoce que existen acciones diplomáticas en curso para el suministro de petróleo. Es decir: no se cortó, pero tampoco se explica del todo.

El choque no es menor. No se trata de un malentendido ni de una frase sacada de contexto. Se trata de soberanía, política exterior y subordinación real o percibida. Si Trump dice la verdad, estamos ante un hecho grave: un presidente estadounidense dictando la política energética mexicana hacia un tercer país y presumiéndolo públicamente. Si Sheinbaum dice la verdad, entonces Trump está mintiendo deliberadamente para exhibir poder y construir un relato de control regional.

Y aquí está el problema central: el silencio documental. No hay transcripción de la llamada. No hay versión oficial conjunta. No hay aclaración diplomática formal. Sólo declaraciones sueltas, micrófonos abiertos y una relación bilateral donde históricamente México ha terminado cediendo más de lo que admite.

Trump juega a su juego favorito: obligar al otro a desmentirlo. Porque incluso cuando se le contradice, la duda ya quedó sembrada. ¿Por qué tendría que inventar algo así? ¿Qué gana Sheinbaum negándolo? ¿Qué se está ocultando o administrando políticamente?

En política internacional, cuando dos presidentes dicen cosas opuestas, casi nunca uno miente del todo y el otro dice toda la verdad. Lo más probable es que haya habido una conversación incómoda, una presión clara y una respuesta ambigua. Trump la vende como sumisión. Sheinbaum la presenta como inexistente.

Mientras tanto, Cuba sigue siendo la moneda de cambio, México el actor presionado y Estados Unidos el que marca la agenda. La pregunta no es sólo a quién creerle, sino por qué México no aclara con hechos lo que Trump presume con palabras. En diplomacia, cuando no aclaras, alguien más escribe la historia por ti. Y Trump sabe hacerlo.

Mientras tanto México está atrapado entre la presión de Trump y la dictadura cubana que le exige y reclama a Sheinbaum sacarlo del hoyo.