Más que alimento, cocina es memoria viva: Sonya Santos, directora del FONART

Este miércoles 21 de enero, como parte de las Jornadas Académicas 2026 que realiza la Universidad de Colima (UdeC), se impartió de manera virtual la última charla del ciclo de conferencias magistrales, la cual llevó por título “El sabor de la interculturalidad”, dictada por Sonya Santos Garza, reconocida gestora cultural y actual directora general del Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (FONART).

En su charla, dirigida principalmente a docentes universitarios, Sonya destacó que “la gastronomía es uno de los lenguajes más honestos de la interculturalidad, porque no responde a decretos ni a discursos, ni a formulaciones intelectuales abstractas”.

Antes de dar inicio a la conferencia, Susana Aurelia Preciado Jiménez, coordinadora general de Docencia, a nombre del rector de la Universidad de Colima, agradeció a la ponente por aceptar la invitación para charlar sobre un tema que tiene incidencia directa en el Plan Institucional de Desarrollo y el nuevo modelo educativo de esta casa de estudios.

Al comienzo de la charla, la conferencista dijo ser “comedora por profesión, afición, necesidad y gusto; me gusta la comida y a partir de ahí es como he descubierto una parte muy importante de la cocina. Agradezco la oportunidad que me dan de poder compartir con ustedes lo que sé y lo que he descubierto a través de la cocina”.

Gastronomía, uno de los lenguajes más honestos

Mencionó que, cuando se habla de interculturalidad, pocas veces se piensa en la cocina: “Sin embargo, los procesos interculturales se vuelven sumamente evidentes y profundos a través de las cocinas; no es que se internacionalicen, se van transformando lentamente, cambian porque las cosas se mueven, porque llegan extranjeros, porque hay migraciones voluntarias o forzadas, porque existen colonias, guerras, exilios, y cada uno de esos movimientos va dejando una huella que el ser humano carga en su bagaje sobre lo que come, lo que cocina y sobre cómo se nombran las comidas”.

La gastronomía, dijo, “es uno de los lenguajes más honestos de la interculturalidad, porque no responde a decretos ni a discursos, ni a formulaciones intelectuales abstractas. Responde a la memoria, a la necesidad de alimentarse, a los procesos de adaptación y a aquello que hoy reconocemos como tradicional. Con frecuencia, es el resultado de siglos de influencias y transformaciones. Incluso la tecnología y los avances en la manera de cocinar -las herramientas, los utensilios, los métodos- quedan reflejados en cada platillo”.

“Hablar del sabor de la interculturalidad, de la gastronomía, es reconocer que el conocimiento culinario no es puro, no es estático. Es un sabor mestizo, híbrido e histórico”, destacó.

Comentó que “muchos ingredientes considerados extranjeros sobreviven porque se ajustan a los contextos locales, a los climas, a los saberes previos; son lo que comúnmente llamamos tropicalización”.

Lo que hoy es tradición antes fue influencia extranjera

La interculturalidad gastronómica, definió, “no es una elección estética, sino una consecuencia histórica”. La cocina, añadió, “registra los movimientos de la historia antes que los libros. La historia se va forjando y formando a partir de los vestigios que nos llegan del pasado. Todo esto es lo que ha ido integrando, no de inmediato, a veces pasan generaciones antes de que un platillo se considere ajeno o se vuelva propio, pues la gastronomía trabaja a largo tiempo, porque asimila, transforma y resignifica”.

En ese sentido, Sonya Santos recordó que, en la Conquista, México fue el puente entre Europa y Asia, por lo que la mayoría de la comida que tradicionalmente creemos mexicana, está compuesta con ingredientes de otros países. Ejemplo de ello es la torta de jamón, de la cual el único ingrediente proveniente de nuestro país es el jitomate.

Cocinar, detalló, “es un acto de memoria; en cada receta sobreviven migraciones, colonias, guerras y encuentros culturales”. Por eso, destacó, “es importante reconocer que las influencias extranjeras no debilitan la identidad culinaria, al contrario, la enriquecen; lo que hoy llamamos tradición, fue alguna vez una influencia extranjera”.

Finalmente, compartió que “cada vez que una receta se transmite de una abuela a una hija, de un migrante a una nueva tierra, de una comunidad a otra, no sólo se comparte comida, se comparte una historia de desplazamiento, de pérdida, de adaptación, de esperanza. Tenemos que ser muy abiertos y ver que esta evolución orgánica, sin imponerla, sigue su curso. Por eso, la interculturalidad en la gastronomía no se decreta ni se acelera, se cocina lento, se hereda, se cuida. Cuando la entendemos así, la cocina deja de ser solo alimento y se convierte en memoria viva”.