APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
Ayer hablaba en Focus, programa de opinión de AFmedios, que hace casi 100 años, el filósofo y escritor español, José Ortega y Gasset no escribió La Rebelión de las Masas como un tratado académico, sino que ahora lo podemos ver con claridad, fue una advertencia.
Lo que él temía no era el ascenso de nuevas potencias, sino el retiro económico, militar, moral e intelectual de Europa de la conducción del mundo.
Para el filósofo español, Europa era algo más que un territorio: era una forma de ordenar el mundo, un conjunto de principios —razón, límite, ley, responsabilidad histórica— que habían dado dirección a la política global. Y que si Europa renunciaba a esa rectoría, el vacío no quedaría neutral: sería ocupado por la fuerza y el descontrol. Y esgrimía una analogía simple: cuando el maestro deja repentinamente el aula de clases, los alumnos comienzan el desorden por falta de control y dirección.
Hoy, casi un siglo después, esa advertencia se materializa con una claridad inquietante. Y uno de sus principales catalizadores tiene nombre y apellido: Donald Trump.
Trump no inaugura el nuevo orden; lo expone sin pudor. Dice lo que otros piensan y hace lo que muchos temen. Frente a una Europa cansada, fragmentada y más preocupada por administrar consensos internos que por ejercer poder, Estados Unidos vuelve a imponer una lógica primaria: protección a cambio de sumisión, comercio a cambio de obediencia, seguridad a cambio de alineamiento total. Ortega lo anticipó: cuando Europa deja de creerse responsable del mundo, el mundo deja de regirse por normas y vuelve a organizarse por presiones y amenazas.
La debilidad europea no es militar —aunque también lo sea—, sino política y moral. La Unión Europea responde a la intimidación con comunicados, a la coerción con mesas técnicas, y al chantaje con llamados a la proporcionalidad. Trump, en cambio, entiende la geopolítica como relación de fuerzas desnudas. No busca aliados, busca subordinados. Y Europa, atrapada entre su dependencia energética, su fragmentación política y su miedo a escalar conflictos, cede terreno sin disparar un solo tiro. Exactamente lo que Ortega llamaba la fatiga de las élites.
Este cambio de eje no es menor ni abstracto. Cuando el orden liberal se debilita, no surge un mundo más justo, sino uno más crudo -anticipaba Gasset-. La ley se vuelve negociable, la soberanía condicionada y la cooperación una moneda de cambio. Trump no necesita invadir Groenlandia para dominarla; le basta con instalar la idea de que puede hacerlo. Esa es la nueva hegemonía: la del que puede imponer condiciones sin necesidad de cumplirlas.
¿Y México? México no es espectador; es zona de impacto. En un mundo regido por reglas, los países medianos tienen margen. En un mundo regido por fuerza, tienen dilemas. La presión para aceptar intervenciones, “acompañamientos”, tutelas disfrazadas de cooperación o condicionamientos comerciales no es coyuntural: es estructural. Cuando Estados Unidos endurece su política exterior y Europa deja de equilibrar el sistema, México queda expuesto, sin contrapesos reales y con un margen de maniobra cada vez más estrecho.
El riesgo no es solo externo. También es interno. Porque en este nuevo escenario, la soberanía no se pierde de golpe, se erosiona por concesiones sucesivas, por excepciones justificadas, por silencios estratégicos. Ortega y Gasset advertía que las civilizaciones no caen cuando son derrotadas, sino cuando dejan de creerse responsables de su destino. Europa parece haberlo olvidado. México haría bien en no repetir el error.
Hoy no estamos ante el fin del orden mundial, sino ante su reversión. El mundo vuelve a parecerse más al que Ortega temía que al que prometieron las democracias liberales. Y en ese mundo, la neutralidad no protege, la debilidad no conmueve y la falta de claridad se paga caro. La pregunta no es si la teoría de Ortega se cumple sino quiénes están dispuestos a leerla a tiempo.















