El pastel de los seis primos

UNA POCA DE GRACIA
Por: Carlos Alberto PÉREZ AGUILAR

En la mesa larga del festejo familiar hay un solo pastel. No es enorme, pero alcanza. O al menos eso repite la tía organizadora cada vez que alguien pregunta por el tamaño de las rebanadas.

Lo interesante es que seis primos celebran cumpleaños al mismo tiempo, a veces uno que otro más se suma a la fiesta, una de esas tradiciones raras que sólo existen en familias donde nadie quiere pelear en público, aunque todos sabemos de las diferencias y los intereses compartidos.

El cuchillo lo tiene, el primo guinda (digamos colores, para no dar nombres). Últimamente es el consentido. Nadie recuerda bien en qué momento ocurrió, pero hoy él reparte, sonríe, decide. Su mayor virtud, y también su condena, es decirle a cada quien exactamente lo que quiere escuchar. Eso lo ha metido en problemas, sí, pero también le ha servido para quedarse con la tajada más grande del pastel. Da, reparte, invita… pero siempre se sirve primero.

A su lado están el rojo y el verde. No piden mucho. Un pedazo decente, un lugar en la mesa, una foto para el álbum familiar. A veces miran el pastel con deseo, pero saben que más de eso no les tocará y tampoco les va tan mal. Mientras haya betún bien repartido y café caliente, el festejo, aunque modesto para ellos, sigue siendo fiesta.

En otra esquina de la mesa están los otros tres primos. El ambiente ahí es distinto. El azul y el tricolor, por ejemplo, antes no se soportaban. Se arrebataron platos, se empujaron sillas, se dijeron cosas imperdonables. Se prometieron no volver a sentarse juntos jamás, pero, como en todos lados, la memoria familiar es frágil y el hambre persistente. Con los años entendieron que, aunque no se quieran, juntos pueden sobrevivir mejor, más cuando la longevidad llega cargada de juicios pasados. Ahora comparten mantel, se reparten una tajada modesta y se cuidan las espaldas. Últimamente han dicho que no andan bien, perdieron la confianza de la familia, eso es cierto, pero solos estarían peor.

El sexto primo es el más reciente en llegar a la mesa. Nadie sabe bien de dónde salió la invitación, pero ahí está. Le dicen orange. Al principio parecía una copia de los primeros tres, muy cercano a un primo amarillo que ya no viene a las fiestas: radical, intenso y quejumbroso. Pero el tiempo lo fue puliendo; se volvió más fresón, más de traje que de consigna. Aprendió a moverse en otros salones, a presumir parientes influyentes en Jalisco y Nuevo León. Prefiere aparecer solo, poniendo buena música y probando suerte, sin lograr todavía un pedazo que influya en toda la familia, pero ahí está.

Los últimos tres, el azul, el tricolor y el Orange lo saben. Si algún día se sentaran de verdad juntos, no sólo en la foto, sino en el plan, descubrirían que podrían quedarse con la mayor parte del pastel. Tendrían números, tendrían discurso, quizá hasta recuperarían la confianza de la familia. Pero no. El orgullo viejo, la avaricia del joven o el simple ego del otro los mantiene separados, aunque compartan el mismo deseo de morder el pastel.

Así, mientras los primeros tres están organizados y comen con calma, los últimos tres siguen soñando con el control desde su pedacito.

Por eso será interesante ver qué pasa en la próxima gran fiesta, la del 2027. Si alguien se atreve a cambiar el acomodo de la mesa. Si el pastel vuelve a cortarse distinto. O si, por primera vez, se arma el festejo en dos grupos de tres contra tres y la familia, cuchara en mano, decide a quién le cree y a quién le deja sólo las velitas apagadas