ǁ DICEN QUE EL ROCK MEXICANO…

ARCA 
Por: Juan Carlos RECINOS

El rock mexicano no empezó en los grandes escenarios ni en las estaciones de radio.
Empezó en la sospecha. En el volumen bajado a medias. En el cuarto del fondo.

En la traducción mal hecha de una canción que venía de otro país y que, sin saberlo, estaba a punto de convertirse en algo nuestro. Durante décadas se dijo que el rock mexicano era una copia, un reflejo tardío, una mala imitación del rock anglosajón. Lo que casi nunca se dijo es que toda copia es también una traición, y que en esa traición empezó a aparecer un sonido distinto: un rock atravesado por la pobreza, la censura, el miedo, el deseo, la calle, la policía, el barrio y la noche interminable de la ciudad de México.

El rock mexicano creció a contracorriente. Fue perseguido, ridiculizado, exiliado de los medios, empujado a los hoyos fonquis, condenado al margen. Sobrevivió donde pudo: en los bailes clandestinos, en los patios, en los casetes pirata, en los discos imposibles de conseguir, en las tocadas que se desarmaban antes de que llegara la patrulla. Por eso, esta columna no busca hacer un catálogo de éxitos ni una lista de canciones bonitas. Aquí se hablará del rock como documento histórico, como síntoma social, como crónica generacional. Cada disco es una pista: dice algo del país que lo produjo, del momento político que lo rodeó, de la juventud que lo escuchó y de la violencia —sutil o explícita— que intentó silenciarlo.

Hablar del rock mexicano es hablar de traducción y de desobediencia. De cómo el español aprendió a gritar. De cómo el blues se volvió urbano. De cómo la psicodelia se mezcló con el mito, la rabia, la fiesta, el duelo. De cómo el rock fue, durante mucho tiempo, una forma de decir NO cuando no había muchas maneras de hacerlo. Esta columna —Hecho en México… Crónicas del rock mexicano— acompañará la escritura de un proyecto mayor. No serán “los mejores” discos según la industria, sino los necesarios: los que abrieron grietas, los que incomodaron, los que nombraron lo innombrable, los que todavía hoy suenan como si estuvieran ocurriendo.

Aquí caben los pioneros que tradujeron el rock, los que lo politizaron, los que lo volvieron barrio, los que lo llenaron de poesía, los que lo hicieron estallar y también los que quedaron fuera del relato oficial. Porque la historia del rock mexicano no es una línea recta: es un mapa lleno de desviaciones, silencios, caídas y regresos. El rock mexicano no pidió permiso. No esperó legitimación. No quiso ser elegante.

 

Fue ruido. Fue error. Fue exceso. Y en ese exceso se parece demasiado a este país que avanza en todas las direcciones posibles para sobrevivir al caos de la cotidianidad que los gobiernos actuales imponen como regla autoritaria. Si el rock mexicano tiene una historia, no es una historia cómoda. Está hecha de cortes, de interrupciones, de discos incompletos, de bandas que duraron lo que dura una tocada antes de que apaguen el sonido. Aquí no hubo una industria sólida que acompañara el crecimiento del rock: hubo obstáculos, prejuicios, silencios impuestos. Y, aun así —o por eso mismo— el rock persistió.

En México, el rock no creció al amparo del Estado ni de los medios. Creció a pesar de ellos. Cada generación tuvo que inventar su propio espacio: los pioneros tradujeron; los sesenteros desobedecieron; los setenteros pagaron el precio; los urbanos resistieron; los ochenteros pensaron el rock; los noventeros lo dinamitaron; los del siglo XXI aprendieron a sobrevivir sin centro, sin escena, sin consenso. Esta columna no propone una versión nostálgica ni heroica del pasado. El rock mexicano no fue siempre lúcido ni valiente ni bello. También fue machista, repetitivo, contradictorio, ingenuo, desigual. Pero incluso en sus errores fue un termómetro social. Lo que sonaba en los amplificadores decía mucho de lo que estaba pasando afuera: la represión, la precariedad, la rabia, la fiesta, el desencanto.

Por eso aquí no se separa la música de su contexto. Un disco no se escucha igual si se entiende qué pasaba en las calles, en las universidades, en los barrios, en las redacciones de los periódicos, en los pasillos del poder. El rock mexicano no solo dialoga con otras músicas: dialoga con la historia reciente del país. Habrá discos famosos y discos casi invisibles. Discos que vendieron miles y discos que sobrevivieron en ediciones mínimas. Algunos sonarán perfectos; otros, sucios, mal grabados, urgentes. Todos importan por una razón: porque dejaron una marca, porque abrieron un camino, porque dijeron algo que no se estaba diciendo en otro lado.

Cada texto de esta columna partirá de un disco, de un pionero del rock, de un momento histórico y de las tragedias, pero no se quedará ahí. El disco es el pretexto. Lo que importa es la conversación que abre: con la literatura, con la política, con la memoria personal, con la cultura popular. El rock mexicano siempre ha sido más grande que sus canciones. Tal vez por eso nunca terminó de encajar.
Tal vez por eso sigue siendo necesario. Porque el rock mexicano no explica al país, lo delata. No lo ordena, lo exhibe. No lo salva, lo acompaña.

 

Esta columna no pretende cerrar la historia ni imponer una versión definitiva del canón rockero mexicano (que, en este caso, es enorme e incuantificable). Al contrario: quiere abrirla, discutirla, volver a escucharla. Poner el oído donde casi nadie escucha ya. Regresar a esos discos como quien vuelve a una calle conocida que, sin embargo, nunca es la misma. A finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, el rock llegó a México como llegan casi todas las cosas importantes: tarde, distorsionado, sospechado por los adultos y adoptado de inmediato por los jóvenes.

Las primeras bandas no querían hacer historia. Querían sonar como lo que escuchaban en la radio extranjera, mover el cuerpo, escapar un rato del orden familiar. Pero en ese gesto aparentemente inocente empezó algo más grande: el rock introdujo una fisura generacional. De pronto, la juventud tenía un sonido propio, una estética, un ritmo que no pedía permiso. Los Teen Tops, Los Locos del Ritmo, Los Rebeldes del Rock, Los Rockin’ Devils: nombres que hoy parecen inofensivos, casi domésticos, pero que en su momento representaron una anomalía. Cantaban en español lo que antes solo se escuchaba en inglés. No imitaban exactamente: mexicanizaban. Cambiaban palabras, ritmos, gestos. El rock empezaba a hablar con acento.

No era todavía una música política, pero ya era una música incómoda. El pelo largo, el baile, el volumen, la actitud: todo parecía anunciar un desorden mayor. El rock no decía nada explícitamente peligroso, pero decía demasiado para un país que había apostado por la disciplina, el silencio y la obediencia. Los primeros discos de rock mexicano suenan hoy ingenuos, incluso torpes. Sin embargo, ahí está el germen: la idea de que la música podía ser un espacio propio, separado del mundo adulto, un territorio donde ensayar otras formas de estar en el cuerpo y en el lenguaje. No es poca cosa. El rock enseñó a escuchar de otra manera.

Esa primera etapa fue breve y frágil. El sistema toleró el juego mientras pareció inofensivo. Pero conforme el rock empezó a crecer —y sobre todo conforme empezó a mezclarse con la inconformidad social— la vigilancia se volvió más estricta. La música que había entrado como moda empezó a ser vista como amenaza. Lo que vendría después ya no sería tan ligero. El rock mexicano aprendería a desconfiar. A esconderse. A resistir.

 

 

Los primeros rockeros mexicanos no se pensaban como rebeldes. Eran jóvenes tocando canciones que venían de fuera, pero al traducirlas ocurrió algo inesperado: el idioma cambió el pulso. El español volvió más directo el deseo, más evidente la provocación. El rock dejó de ser un producto extranjero y empezó a volverse una experiencia local. Cuando Los Teen Tops graban “La plaga”, no solo traducen a Little Richard: le quitan el pasaporte. El rock deja de ser importación y se vuelve experiencia cercana: ahí se forma el primer gesto fundacional del rock mexicano. No es originalidad pura, es apropiación. Y en México la apropiación siempre ha sido una forma de supervivencia cultural. Ya no es la voz lejana de otro país: es un muchacho mexicano cantando con desparpajo, con humor, con insolencia. El rock empieza a sonar en casas donde antes solo había boleros y tríos. Y eso es una ruptura.

Ese origen explica muchas cosas. Explica por qué al rock mexicano se le exigió desde el principio que se justificara, que se domesticara, que se volviera “decente”. Explica también por qué nunca terminó de encajar del todo. El rock no nació como proyecto nacional, pero tampoco quiso desaparecer. Quedó en medio, incomodando. Durante un breve momento, el sistema toleró el rock como moda juvenil: programas de televisión, películas, discos bien portados. Pero la tolerancia tenía fecha de caducidad. Cuando el rock empezó a mezclarse con la inconformidad social, con pensamiento crítico, con una juventud que ya no solo quería bailar sino preguntar, el clima cambió.

El origen del rock mexicano está marcado por esa tensión: entre lo permitido y lo sospechoso, entre el entretenimiento y la amenaza. Desde el inicio, el rock aprendió que su lugar no estaría en el centro, sino en el borde. Y desde ahí construiría su historia. Nada de lo que vino después —ni la psicodelia, ni el rock urbano, ni la explosión de los sesenta, setenta y ochenta, ni la fragmentación actual— se entiende sin este primer momento. Porque el rock mexicano nació con una lección temprana: el volumen siempre molesta. La siguiente etapa llevaría esa molestia al límite.
El juego se acabaría. Y el ruido tendría consecuencias.

El rock mexicano arranca cuando el inglés deja de ser barrera y el español se atreve a cantar lo prohibido. No ocurre en un gran escenario ni en un acto heroico. Ocurre en un estudio modesto, frente a un micrófono que no estaba pensado para hacer historia. Es finales de los años cincuenta. Un grupo de jóvenes toma canciones extranjeras —rápidas, sudorosas, llenas de cuerpo— y decide decirlas en su propio idioma. En ese gesto aparentemente menor sucede algo irreversible.

Ese es el arranque real: cuando el rock entra a la vida cotidiana y se canta y se baila, se vuelve sospechoso. No hay todavía rebeldía consciente ni discurso político, pero ya hay una fractura generacional. Los jóvenes escuchan algo que los adultos no entienden del todo. El cuerpo se mueve distinto. El ritmo manda. El volumen sube. Aparece una identidad nueva, aunque todavía no tenga nombre. El Estado observa con desconfianza. La moral se tensa. La prensa sonríe con condescendencia. Nadie imagina que ese gesto —traducir una canción, mover el cuerpo, dejarse crecer el pelo— abrirá una historia larga de censura, persecución, resistencia y terquedad sonora hasta fines del siglo XX con rockeros que decidieron romper el status quo.

El rock mexicano arranca ahí: en la traducción que se vuelve traición, en la copia que se vuelve estilo, en la juventud que descubre que puede tener voz propia. No nació gritando consignas. Nació bailando. Pero una vez que aprendió a hablar en español, ya no volvió a callarse. Aquí comienza el recorrido. Con ruido. Con memoria. Con discos hechos en México. Esta columna arranca aquí, pero el eco viene de lejos y viajaremos a su origen. Cada sábado volveremos a escuchar de nuevo lo que México dijo cuando aprendió a tocar una guitarra eléctrica.