TAREA PUBLICA

¿QUE LEEN LOS POLITICOS?

Por: Carlos Orozco Galeana

Los lectores han de recordar el escándalo generado cuando Enrique Peña Nieto, entonces aspirante del Pri a la presidencia la república, se equivocó en una entrevista sobre los libros “que lo habían marcado”, y sus contenidos.

Acostumbrado a entrevistas propiamente de su entorno, el Estado de México, y luego en su nuevo papel como candidato del Pri, en temas propiamente políticos y económicos, Peña Nieto salió a dar un paseo temático y fue cazado en una materia en la que la mayoría de políticos resbala. Y qué mala fama le causó el desliz. Poco después de su dislate, el propio Ernesto Cordero, que es doctor en economía pero no en literatura, atribuyó una obra a un autor diferente. Aún nuestro paisano, Mario Delgado Carrillo, que es maestro por una universidad inglesa, adjudicó la autoría de un libro muy famoso a quien no le correspondía.

Ciudadanos críticos del Pri se han dado gusto, pues, machacando en su momento sobre esa insuficiencia de Peña Nieto de no recordar a determinados autores. Pero también no se escaparon, de trances como ese, ni Cordero ni Delgado porque se presumió que esos tres no son buenos lectores y están obligados a saber, en la óptica de muchos, casi todo.

Tal vaivén informativo situó en el aire la pregunta de si nuestros políticos leen y qué leen, o si de plano están peleados con los libros. Me late que, en todo caso, la mayoría refleja el estándar del mexicano en cuanto a esa inclinación. Cada mexicano en promedio lee muy poco (medido en libros, 2.3 por año ) y los políticos no son la excepción.

¿Qué es lo que leen los políticos? Los que son profesionistas, tuvieron que leer aunque sea a fuerza a algunos autores de su especialidad y ya posteriormente, sin obligación de hacerlo, se alejaron paulatinamente de los libros, olvidando que el que deja de leer en la materia que más domina se anquilosa poco a poco.   Lo que sí leen los políticos más entendidos son los medios informativos. Tienen que estar al tanto de lo que ocurre todos los días y no confiar demasiado en lo que les presentan como síntesis, si los tienen, sus asesores en comunicación. T

Tienen un problema vital: la falta de tiempo para hacer lectura de su preferencia. Tienen que leer, por su trabajo, cosas que a veces no les importan en lo personal pero que son insumos para tomar sus decisiones.

Leer debe ser una acción cotidiana para cualquiera persona. Haciéndolo puede uno acercarse a un nivel de comprensión más alto de los problemas sociales o de las características del entorno, independientemente de que se “salpica” al interior de las familias a los hijos. Si los padres no tienen el hábito de la lectura, los hijos difícilmente serán lectores destacados. El ejemplo arrastra. Leer siempre, siempre, es no solo un hábito positivo del que se desprenden cosas buenas para el espíritu y la construcción del pensamiento, sino una forma de superar la capacidad reflexiva y tener más elementos para alimentar la toma de buenas decisiones en la vida ordinaria, en la política o la administración.

No tengo duda de que los políticos de alto nivel – claro, hay excepciones- son todo menos unos ignorantes, solo que   su atención está puesta básicamente en la lectura de información para conocer y resolver problemas. El ciudadano les exige eficacia y prontitud en sus planteamientos y por ello poco tiempo les queda a veces para abordar en materias distintas a las que tienen que ver con su trabajo. En ese aspecto, hacen un sacrificio al desligarse de algo que les gusta.

No nos desgarremos las vestiduras porque los políticos, sean quienes sean, ignoran temas literarios básicos y no han leído a mengano o zutano, pidámosles que sean eficaces en la solución de los problemas, que sean duchos en economía, administración, finanzas u otras materias y que ese conocimiento les permita ser sensibles para saber escuchar y gobernar mejor. Y que sean honestos como José Múgica, no importa si no han leído a García Márquez, Cortázar o Paz.

No nos enfademos con ellos. Si los políticos profesionales no leen, mejor volteemos hacia nosotros sin hacer escarnio de los agrados o desagrados de nadie y venzamos así nuestros propios rezagos.

 

 

 

 

 

 

 

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