#CrónicasMaternas: diente roto (todo bien)

Se acuerdan que la semana pasada les dije que se cayó bebé y estaba bien. Pos ahora se cayó, no estuvo bien, se rompió un diente, brincó sangre por todos lados, nos pegamos un mega susto. Pero ya está mejor.

Si cuando se cayó de cara me dolió la vida, con este madrazo me dolieron vidas pasadas y universos paralelos.

¿Qué aprendimos? Que los accidentes pasan y por mucho que uno esté ahí, cuide, alcance, meta la mano, esquive o se paranoiquié, cuando te toca, te toca.

¿Qué hacer? Ser dueños de nuestras emociones y aprender a administrarlas. Saber identificar qué se siente y dónde poner ese sentimiento.

Es decir: me asusté mega machín, pero la prudencia ganó. Me llevé a bebé a otra habitación para calmarle (y calmarme) e intentar revisar que no tuviera roto el labio.

Ubiqué el teléfono de la odontopediatra y marqué. Para mi mala suerte andaba de puente.

Entonces caí en cuenta: todo lo que intentara hacer se vería frenado y a huevo tendría que esperar hasta el martes. Ahí entendí. Te calmas o te calmas, porque no podemos llevar este susto tres días.

Con bebé ya sin llorar, cenando chichita (mágica y sedante), trazamos el plan de emergencia y fuimos al hospital. Como había bastantes personas y cambio de turno en mitad de un feriado nacional, nos tocó esperar casi una hora.

Para entonces la sangre ya se había secado, bebé ya corría en la sala de espera y jugaba con todo el que se dejara, parecía haber olvidado que le faltaba medio diente frontal y corría como si nada.

Pasamos, le hicieron radiografías, todo veri fain y a casa. Se durmió en el camino arrullada por el cansancio y la chichita.

Cual debe, habiendo postrado a la criatura en su lecho, me dispuse a llorar mi sustote. Qué le puedo hacer, soy chillona, ya les dije. Pero lloré menos que la primera vez que la internaron, eso sí.

La caída me pudo pasar a mí, a papá, a tíos, a las maestras en la escuela. Nos pudo pasar solas o con amigos, en casa o en medio del campo. Pudo ser un golpe en el cortex prefrontal, pudo ser un golpe de nuca y patarrián, ahí quedó. Pero no lo fue.

Bebé nos obliga a aprender que las cosas pasan y deben pasar a fuerzas para que aprendamos: a crecer, a soltar, a pausar, a abrazar, a escuchar…

Mi papá me llamó al otro día para que le contara cómo estuvo y fue él quien terminó de sanar el poquito susto que me quedaba. Me recordó la vez que mi hermana María se cayó y se trozó la lengua, y la vez que yo me caí y me abrí el cachete. La infinidad de caídas, sangre, cortadas, dientes rotos.

Entonces recordé que mi mamá se cayó de la azotea cuando era niña y casi se muere, se quebró ambas muñecas por eso aún tiene sus manos chuecas. Que a papá le picó un alacrán, el veneno le hizo reacción y no podía respirar. Las varicelas, dengues, los golpes… los accidentes pasan, tienen que pasar.

Después del susto viene la calma.

Si yo me sentí culpable por no lanzarme como portero para recibir a bebé en el piso ante de estrellarse, no me imagino cómo se sintió mi mamá que tenía a bebé en sus manos cuando se atoró la llanta y se estrelló el diente en el suelo.

Todo pasa, todo se va y a bebé parece no importarle no tener diente. Aprendió a sonreír con toda la mazorca (o lo que le quedó de ella) y a echar babas por el hueco.

El sábado estrenaremos diente de circonio traído de Japón, carísimo de París (tener bebés es carísimo, por cierto).

Send buenas vibras, porque la próxima emisión de #CrónicasMaternas contaremos cómo nos fue en la cita con la odontopediatra y la urracarrana doble con envoltura de taquito que le aplicaremos a bebé para intervenir el diente.

Spoiler Alert: voachillar.

#CrónicasMaternas: el mito de la maternidad