Tarea Pública

Nacho en un Laberinto

Carlos Orozco Galeana

La historia política de Colima registra un hecho singular: quien es buen candidato no es buen gobernador y quien es mal candidato resulta que suele entregar buenas cuentas al final de los mandatos. Ignoro por qué esta razón se ha venido cumpliendo; los hechos gubernamentales correctamente analizados, darán cuenta de ella en los términos planteados.
El régimen actual lleva unas cuantas quincenas de haber comenzado y ya se le complicó más la seguridad pública. La matazón está por todas partes robándole quizás atención a temas diversos que son también importantes, y las narco fosas recién aparecidas exhiben la barbarie; el gobernador ha dicho que aquel tema es su prioridad por sobre otras materias.
Impacta la puntualidad y el alto grado de violencia que se ha venido dando en el territorio del estado por circunstancias de todos conocidas.

La ubicación estratégica de nuestro puerto y el arribo constante de grupos delincuenciales han convertido a Colima en el centro de las disputas por el control territorial al saberse que este factor facilita el trasiego de enervantes y su operación eficaz.

Los colimenses quisiéramos una respuesta efectiva y rápida de las autoridades gubernamentales ante tamaña descomposición, lo que no ocurrirá porque el problema está enraizado tan profundamente en la sociedad que no hay gobernante capaz ahora de impedirla. Ni con un
Nacho Peralta rigiendo en cada municipio o localidad, cederá esa vorágine de violencia. Y es que esta se ha generado al paso de los años ante la apatía de todos y los yerros de los gobiernos que prefirieron tranzar, llevársela bien con los carteles, a atajarlos a tiempo con servicios de inteligencia, políticas de incautación de bienes y disposiciones financieras, y cuerpos policíacos incorruptibles, además de con la prestación de una educación integral para todos.

El responsable único de la violencia en Colima no se llama pues Ignacio Peralta. Es injusto señalar que ya obtuvo un primer lugar en su actuación al frente del Ejecutivo estatal. La alta criminalidad viene desde hace tiempo, pero es verdad de a kilo que a él le corresponde desplegar políticas efectivas y resolver o paliar al menos la violencia para que haya certidumbre de que se quiere rescatar a Colima de esta paraíso de infamia y sangre en que se le ha convertido.

Esa violencia que sufrimos los colimenses se ha sembrado cuidadosamente en muchos hogares mexicanos, de aquí y de otros lados. Se genera desde que una persona irresponsable abandona a su pareja o que ya estando casada se desentiende de sus deberes y, peor aún, pone el mal ejemplo a los hijos. Surge desde el instante en que el propio Estado pone en segundo o tercer lugar enseñanzas fundamentales que deben transmitir las escuelas para el buen vivir; el germen de esa violencia se transmite también de generación tras generación cuando renuncia el

Estado a tener un país de leyes y, en cambio, glorifica la corrupción y a los corruptos al no castigarlos convirtiendo a los pueblos en tierra de nadie.

¿ Qué hemos hecho mal para que nuestras calles estén infestadas de delincuentes y nuestra esperanza de paz se esté esfumando? Sin duda que muchas cosas negativas, como las reseñadas en párrafo anterior. Hemos preferido vivir en una armonía ficticia, fincada en la simulación, en una atmósfera de desgano para construir una ciudadanía plena y capaz antes que enfrentar cada quien sus responsabilidades.

Antes de acusar a los gobernantes de todos los males sociales habidos y por haber, volteemos a nuestra conciencia y, con valentía, localicemos nuestras fallas como personas humanas. Seguro que encontraremos razones con ese escrutinio. El laberinto de Nacho nos comprende a todos. Ciertamente, a él corresponde estructurar políticas decididas y efectivas en todos los rubros, pero a nosotros toca, como buenos ciudadanos, generar desde nuestros hogares y con responsabilidad en nuestro proceder, condiciones apropiadas para una vida mejor. ¿ A poco no ?