PRELUDIO

Camacho Solís: Derrotero de claroscuros

Por: Fernando Alberto Gutiérrez Fernández

La semana pasada Manuel Camacho Solís fallecía después de una larga convalecencia producto de un tumor cerebral. Harto probable es que la muerte lo haya embestido en un momento de expectativa, él, un hombre de números por más de 40 años, había realizado múltiples vaticinios para las recientes elecciones intermedias. Algunos de sus augurios se cernieron a una realidad política de cuya formación, él fue protagonista.
La fórmula de Churchill que establece, para el hombre occidental promedio, una evolución política que parte en la juventud desde las latitudes izquierdistas para en la madurez desembocar hacia posiciones moderadas, se desdibuja en Camacho Solís.

El joven Manuel, quien a sus escasos 19 años ocupaba la secretaría de relaciones de la entonces dirección juvenil del PRI, marcaría su incipiente carrera política por su relación con “los toficos”, mote asignado al grupo de jóvenes pudientes de la facultad de economía de la UNAM, compuesto por Carlos y Raúl Salinas, Francisco Ruiz Massieu, Emilio Lozoya, entre otros.

La parafernalia grandilocuente y megalómana prevaleciente en su grupo político vernáculo, desentonaba con el ideario plasmado en su tesis “alternativas políticas del desarrollo mexicano”, en la cual planteaba la importancia de la intervención estatal para paliar los efectos del capitalismo acérrimo y la necesidad de apertura para contener la crisis del sistema.

Tales circunstancias configurarían su proyecto político, opacado por la egolatría y el contraste entre sus ideas y las posibilidades del sistema priista en el cual militó la mayor parte de su vida.

El aspecto más prominente en la carrera política de Camacho Solís fue su proclividad a la conciliación –dicha tendencia le ganó en su infancia el apodo de “el apagafuegos”- cualidad que determinó su ascenso por los corredores del sistema.

En los años setenta mediaría el diálogo entre el gobierno y los sindicatos petrolero y magisterial; en el sexenio Delamadridista sería artífice de las reformas constitucionales que disminuirían la tensión con los empresarios tras la expropiación de la Banca, posteriormente sería interlocutor entre el gobierno y las organizaciones de damnificados por el sismo de 1985; no obstante, su intercesión cumbre coincidiría con los eventos que provocaron su ruptura con el priismo.

En 1994, Luis Donaldo Colosio encabezaba una desangelada campaña por la presidencia de la República que atizó los rumores respecto a su posible destitución. Sincronicamente el gran conciliador, Camacho Solís, es nombrado coordinador para el Diálogo y la Reconciliación en el marco del levantamiento zapatista en Chiapas; las negociaciones transcurrieron con un éxito tal que fue considerado el eventual sustituto de Colosio en la candidatura priista por la presidencia. Intención de la que se deslinda apenas un día antes del asesinato del candidato presidencial.

Tras la muerte de Colosio, Camacho aparece como lógico culpable del homicidio en el imaginario popular, imputación de la que no es defendido por el estado, ni por su círculo político cercano, lo cual induce su renuncia al PRI, y años después abre una oportunidad para la aplicación de sus veladas ideas respecto al sistema.

En perspectiva, quizá el mayor golpe del zapatismo al sistema consistió en que se convirtió en un nicho de prestigio para el principal opositor a la candidatura de Colosio, abriendo un espacio para la confusión ciudadana.

La posterior defenestración de Camacho provocaría su corrimiento a la izquierda, proceso en el cual condujo a la cima política a Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard, pupilos que a la postre acuñarían el ideario Camachista expuesto en su tesis de licenciatura, así como su estilo megalómano de hacer política, donde el proyecto personal se impone a la moral, las leyes, las instituciones y la política misma.

Descanse en paz Manuel Camacho Solís, andante de los corredores del sistema, y entre cuyos laberintos se perdió para emerger en el cuarto oscuro que es actualmente la izquierda mexicana.

Dardos Rojos

Es prematuro el desarrollo de un análisis completo respecto al transcurso electoral en nuestro estado; no obstante, tal condición no exime de la premura por emitir algunas consideraciones.

Ignacio Peralta es el ganador definitivo en la contienda por la gubernatura del estado, situación que no liberará a la ciudadanía de un largo y sinuoso periodo de rabietas e impugnaciones de parte de Jorge Preciado, un contumaz y mitómano empedernido.

El PRI pierde la mayoría de presidencias municipales y diputaciones locales. Dicha situación no mengua al priismo colimense, por el contrario permite sanear al partido de quienes determinaron las actuales derrotas, así como la emersión de nuevos cuadros y la consolidación de otros.

Las victorias del PRI son suficientes, porque es el triunfo de lo mejor del priismo colimense, cuyos principales paradigmas son Ignacio Peralta y Enrique Rojas. El ascenso de este par de eximios políticos, determina el fin de Jorge Preciado e Indira Vizcaíno, cuadros nocivos de la política colimense.