La universidad, conciencia crítica

La universidad, conciencia crítica

Juan Carlos Yáñez Velazco

Perdidos en los vericuetos que a cada uno interesan, solemos perder de vista lo esencial, el sentido de las instituciones, los programas o los seres humanos. Eso concluí después de la lectura de un lúcido ensayo de Carlos de la Isla, eminente profesor del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), quien ofrece un excelente compendio de reflexiones sobre la misión de las universidades.

En principio, invita a precisar qué entendemos por universidad. No es una  pregunta irrelevante, pues más que de la universidad, en singular, tenemos que hablar de las universidades, en plural y con una enorme y a veces contradictoria diversidad. Hay de universidades a universidades. Milton y Rose Friedman, padres del neoliberalismo, propusieron hace algunas décadas la noción de universidad mixta (algo así como pública-privada), también existen las universidades empresariales ligadas a los grandes monopolios comerciales, las públicas y privadas, cada una con sus múltiples variantes, desde las auténticas grandes universidades hasta aquellas que, en estricto sentido, sólo podríamos calificar como “establecimientos educativos”, un eufemismo para referirse a mercaderes de diplomas.

La disertación introductoria no es una pregunta alimentada por el ocio intelectual. Merece la pena de ser pensada y repensada para estimar, por ejemplo, cuál es su papel en la sociedad y cuánto contribuye a su desarrollo económico, pero también democrático y cultural.

En el ensayo, Carlos de la Isla  recoge varias opiniones sobre el significado de la institución universitaria. Expongo algunas. Para el Cardenal Newman, dice, la “universidad es la comunidad de estudiantes y profesores que se reúnen para pensar”. Para Sartre, “la universidad está hecha para hombres capaces de dudar”, mientras que Robert Hutchins la define como “el espacio recogido para meditar los problemas intelectuales del mundo”. Karl Jaspers afirma: “la universidad es el recinto sagrado de la razón”.

Es obvio el denominador común: pensar. Una universidad no se concibe alejada de la función de pensar, meditar, analizar, dudar, razonar. Las universidades piensan y enseñan a pensar. Entonces, concluye Carlos de la Isla, la universidad es conciencia crítica de la sociedad, en especial frente a la destrucción del planeta, guerras inhumanas y azuzadas por intereses comerciales, ante el hambre y la miseria, las asimetrías sociales, la injusticia y las falencias de la democracia. La universidad tiene que jugar un papel crucial; primero, dice Carlos de la Isla, no ser cómplice de la irracionalidad y la barbarie, a las que debe denunciar y desenmascarar: “la universidad debe conservar siempre su independencia, autonomía y libertad para juzgar, denunciar, anunciar e inventar para preservar la independencia y la libertad de la sociedad. Por eso se ha dicho con mucha razón que el pueblo que no fomenta la educación superior, que no robustece su Universidad, está destinado a la dictadura -de un hombre o partido, de la miseria, de la estupidez. Porque la actitud crítica de los universitarios, de los ilustrados, no sólo de los que aún piensan en las aulas, sino de todos los egresados que son la proyección de la Universidad, constituyen la gran defensa de la libertad. Aunque hay que decirlo también: existen universitarios ilustrados que caen en el servilismo y éstos son los que generan el despotismo ilustrado.”

Si esta es la definición, o el carácter que atribuimos a la universidad, cuánto estamos avanzando en ese camino, en México, en Colima: ¿en ellas cuál es el lugar del pensamiento, de las ideas, de la crítica? Un colega del profesor De la Isla, también del ITAM, José Ramón Benito, escribió un texto urgente: “Hay que defender la inteligencia si queremos salvar la universidad, si no queremos privar al hombre y a la sociedad de una óptima, más aún, necesaria condición para salvaguardar su dignidad y lograr su desarrollo integral.”